Una charla en el balcón de Alfonso Díaz Granados Dávila, primer alcalde popular de Ciénaga.

Alfonso Diazgranados

Por Clinton Ramírez C|.

Alfonso Diazgranados

Alfonso Diazgranados

Alfonso Díaz Granados Dávila, primer alcalde elegido por voto popular en Ciénaga (1988-1990), cumplió en febrero 90 años. Abogado de profesión, polemista innato, dueño de un humor constante, vive en olor a política, con un apunte siempre en los labios sobre los avatares de la vida administrativa del país y de Ciénaga, el pueblo de sus furias y sus querencias.

Vive en El Rodadero, en el  piso 7 del edificio Mara, en la compañía de Margarita Zabaraín, su esposa, con quien contrajera matrimonio el 20 de julio de 1957, y unión de la que existen tres hijos varones: Alfonso Manuel, Eduardo y Ricardo, este último ingeniero electrónico residenciado  en Alemania. Sé de memoria que de una pared de la sala, justo frente adonde acostumbramos a sentarnos a conversar, cuelga un cuadro con la foto oficial, en colores sepias, del matrimonio.

Es sábado, las calles de El Rodadero empiezan a animarse. Registro que son las tres y tres minutos al presentarme delante del portero, un hombre alto, más o menos corpulento, a quien doy mi nombre y le pido de paso me confirme el número de pisos del edificio y el año de su construcción.

“Son 16 pisos”, responde manipulando un teléfono, pero ignora la antigüedad del inmueble. “Hable con ella”, agrega, señalándome con un golpe de sus labios a una señora pequeña, gorda, de algunos sesenta años, que conversa con un señor alto, seco de carnes y rojo de piel, que lleva el cabello corto y del todo blanco. Cruzada de piernas me indica, haciendo memoria, que el edificio fue construido a finales de los sesenta, una información que, a pesar de su empeño, suena dudosa en unos labios demasiado delgados para las formas gordas de su rostro ovalado. El portero me invita a seguir y eso hago, sigo hacia los ascensores sin despedirme de la señora de boca de muñeca y de su rojo y seco amigo de pelo canoso, algún extranjero en plan de visita o de compra.

El 702

Alfonso Díaz Granados me abre la puerta de su apartamento: el 702. Viste una camisa manga larga azul cielo de listas verdes, y va en unos pantalones marrones de pinzas, de delgadas rayas oscuras. Sobre su ojo derecho observo los visibles moretones de un último accidente casero del que fue víctima. “Me caí de la cama mientras dormía”, reitera, agregándome nuevos detalles sobre el episodio, del que me informara hace un par de días cuando concertamos la cita. “Sigue. Esta es tu casa”,  y procede a llamar a Margarita, quien aparece de unos de los cuartos del apartamento. Jovial, bien puesta, me saluda de besos, y yo le hago entrega de una bolsa de bizcochos morenos que les he traído para acompañar su infaltable tinto.

Alfonso extraña, me hace saber, el ardor de la calle, la polémica de la esquina, transpirar la política a 40 grados a la sombra. Reconoce, mirando a Margarita que promete agraciarnos  con un par de tintos, que la edad le impide visitar Ciénaga con la frecuencia de otros años y participar de la actividad política como quisiera. Me dice estas cosas mientras pasamos de la sala  al balcón del apartamento.

El litigio: una pasión vigente

Reparo en sus movimientos, algo más lentos que la última vez que nos vimos –hará un año largo-, pero, a pesar de sus achaques, conserva el recio timbre de su voz y observo que va muy elegante, impecable. “La vista me tiene fregao, además de una pierna que es un tormento moverla”, anota pícaro, invitándome a seguir con el café. “Anda, que Margarita se lució con este tinto”. Estamos en las preliminares cuando entra una llamada a su celular. Es un cliente al que asiste en un negocio. Deduzco por la certeza de sus observaciones que el negocio que trata involucra a un menor de edad. “Veo que sigue litigando”, anoto cuando concluye la llamada. “El litigio es mi pasión, sin él no puedo vivir”, confirma. “Empecé a litigar estudiando Derecho en la Nacional. El litigio es la única actividad que me apasiona más que la política”, sentencia.

Le recuerdo que al fin, después de tantas vueltas, de muchas amenazas, vengo a entrevistarlo. “Hombre, qué maravilla, no sabes el enorme honor que me hace tenerte en mi humilde casa y conversar contigo”. Hay temas inevitables, que vuelven en nuestras charlas, las que sostenemos desde hace diez o doce años. Prefiero, sin embargo, demorarlos al preguntarle por sus padres, sus hermanos y la Ciénaga de su juventud.

De Ciénaga a Bogotá: Magdalena arriba

Alfonso Díaz Granados nació en febrero de 1923. Tercer hijo de Alejandro Díaz Granados García y Mercedes Dávila. Su padre, indica, vivió de los negocios del banano y el ganado. Tuvo fincas en Riofrío (La Esperanza), en la quebrada La Aguja (La Aguja) y en  la región de Córdoba (Bellavista), en la jurisdicción de la quebrada Espíritu Santo. “Él llegó a tener un pequeño hato en Bellavista”, comenta, afinando recuerdos. Nunca le faltó nada,  pero recuerda que en 1943, a raíz de la Segunda Guerra Mundial y el bloqueo del Océano Atlántico, nadie vendía una caja de banano. El asunto se puso tenso. La plata no aparecía. Decidió entonces, una vez cursó el cuarto de bachillerato en Ciénaga, marcharse a Bogotá, para abrirse camino por su cuenta. La travesía, Magdalena arriba, tardó más de un mes debido a algunas averías del barco ganadero en donde consiguió un pasaje barato, casi gratis. Hizo los dos años de bachillerato que le faltaban en el colegio Gran Colombiano y en 1945 ingresó a la Universidad Nacional a estudiar Derecho, carrera que concluyó en 1949, un año después de El Bogotazo. Indica, a una pregunta mía, que vivió este fenómeno intensamente, haciendo parte de un comité que el Partido Liberal formó para evitar los saqueos. “Ese Comité se formó en el periódico El Liberal, que dirigía Alberto Lleras”.

Formado políticamente al lado de los Lleras, educado por eminentes juristas, Alfonso Díaz Granados empezó a litigar con éxito sin haber concluido los estudios y fue tal su buena estrella que siempre aplazó el trabajo de tesis. “Tuve oficinas en el edificio Marulanda Grillo y durante muchos años en el piso 12 del Banco Popular. Me iba mejor que a muchos colegas titulados. Así me la pasé muchos años. Entregado al litigio. Tampoco quería hacer una tesis cualquiera”, me comenta y noto que al hacerlo, sentado en su silla, pareciera hablar no de él sino de un viejo colega de andanzas. Finalmente, a principios de los años setenta, en 1972, somete a consideración de la Universidad Nacional el trabajo Acción de investigación de la paternidad natural, que resulta meritorio.

Me pide excusa y marcha a su biblioteca, de donde regresa con el tomo de 306 páginas de su tesis. Me permite observarla. Leo el concepto meritorio que para la tesis solicita el presidente del jurado, el jurista Arturo Mejía Borda. “No haber publicado este tratado es una de mis frustraciones”, recalca, juntado en esta frase las noches, los meses y años de investigación que agotó en su trabajo.

Margarita reaparece para traer más tintos. Bebemos en silencio, él con el gordo volumen de la tesis sobre sus piernas y yo tratando de memorizar algunas de las razones que emitiera el presidente del jurado y director de la investigación en su concepto.

Una candidatura cocinada en Bogotá

Sin más, agotados todos los preámbulos, me voy de frente sobre Alfonso Díaz Granados. El tema inevitable es su inesperada candidatura a la alcaldía de Ciénaga en 1988. Franco, directo, me señala que él nunca pensó ser alcalde de Ciénaga. Estaba en Bogotá, viviendo de su litigio, y a Ciénaga volvía a visitar sus tierras, darle vuelta a la familia y, a ratos, por molestar, a inscribirse como candidato al Concejo, curul para la que hacía campaña sin esperar ningún éxito. “Me inscribía para hacer debates. Decía cosas y me regresaba a Bogotá sin que me importara los resultados”. Sobre la aspiración a la alcaldía es enfático en señalar que jamás pensó en ser alcalde. “Para serlo se necesitaba plata y, además, a mí mucha gente no me conocía en Ciénaga entonces”. Vencer a Orlando Dangond era un imposible. “Yo mismo me decía que Orlando me ganaba veinte mil votos a cien”, por ello se negó en principio a ser candidato. “Todo estaba en mi contra, pero los adversarios de Dangond andaban desesperados buscando un pollo para echárselo”.

El asunto empezó a cocinarse en Bogotá, en la casa de La Castellana de Joaquín Fernández de Castro, hombre del Partido Conservador. Algún domingo que bebía trago con Hugo Escobar Sierra y el anfitrión, Escobar señaló en serio y en broma que había que dejar de dar vueltas, que él, Alfonso Díaz Granados, era el hombre preciso para enfrentar a Orlando Dangond.  “Alfonso es un gallo jugado”, bromeó Escobar Sierra. “Es mi candidato”.

En contra de las cábalas, en contra de su propio escepticismo jubiloso, alrededor de su nombre tomó forma una coalición liderada por los parlamentarios Micael Cotes, Edgardo Vives y Miguel Pinedo, y a última hora acepta la postulación. “En el aeropuerto Simón Bolívar, una mañana, tuvimos una última conversación sobre el tema. Acepté hacerles el favor, muy seguro de que Dangond me derrotaba de calle”. Aceptó y ello supuso abandonar Bogotá, sus litigios, a su familia, para asumir una empresa incierta. Sería una decisión que marcaría su regreso definitivo a Ciénaga. Con Micael Cotes, señala, hizo la tarea de visitar barrios y casas de Ciénaga, todas las tardes, labor que le permitió entrar en contacto con las nuevas generaciones de cienagueros que poco sabían de él. “Fue Micael quien me metió en el pueblo, en los barrios de Ciénaga y en sus corregimientos, sin bulla y sin ostentaciones, haciendo uso de una ciencia que la gente seguía”. Explica que las reuniones las hacían con 150 o 200 personas, a las que Micael Cotes, ex alcalde de Ciénaga, conocía perfectamente y quienes seguían sus instrucciones al pie de la letra. “Su método me sorprendió”.

Una campaña brava

Orlando Dangond gozaba de mucha popularidad “y yo, como decían muchos, era viejo y desconocido, alguien que sería fácil de derrotar”. Los debates en la plaza pública -su plato fuerte- le demostraron que alguna oportunidad tenía. “Yo, en Bogotá, había hecho política con Carlos Lleras Restrepo en los sesenta; también, algo más tarde, con Luis Carlos Galán en los comienzos políticos de este, y la tribuna siempre me favoreció”, confiesa con beligerancia. “La gente en Ciénaga empezó a mostrar alguna simpatía en todas partes donde me encaramité a hablarles”.

La campaña fue generosa en insultos, ron, acusaciones, más ron y plata. Dangond disponía de una campaña con apoyo popular y mucho dinero. Díaz Granados contaba con el soporte de una coalición experimentada en los arreglos, curtida en la refriega electoral, que tenía el control total de la burocracia y el presupuesto desde noviembre de 1987, cuando el pinedismo se hizo a la alcaldía. Ciénaga quedó dividida en dos trincheras, en dos bandos irreconciliables, siguiendo en esta conducta los dictados de un espíritu colectivo proclive a la trifulca, adicto al escándalo. El día del debate, los resultados favorecieron a Alfonso Díaz Granados por 319 votos. ¿Qué había sucedido? El bando perdedor, en el que me encontraba, habló de fraude, y muy pronto hubo abogados prestigiosos contratados por las campañas. La de Dangond recurrió a los servicios de Ignacio Vives Echeverría –Nacho Vives- y la de Díaz Granados a los de Hugo Escobar Sierra. El pleito electoral subió a Bogotá y la demanda de la elección terminó  resolviéndose a favor de Díaz Granados.

Le hablo de Cerro Blanco, en la Zona Bananera, lugar en el que su campaña orquestó el fraude. “Mira, Clinton, tú sabes que Ciénaga ha sido dotada de una imaginación caliente. Eso fue una invención de tantas. Dijeron que me eligieron en el despacho del inspector de policía de El Reposo y que yo mismo estuve al frente del ilícito”. Niega con vigor semejante despropósito. En su vida hizo algo semejante. Acepta, sin embargo, que si alguna irregularidad hubo en la elección él nada supo. “Nunca en política hice fraude ni mucho menos compré un voto”, señala terminante, sin perder la compostura. “Yo me dediqué a hablar con la gente”.

La alcaldía

Le lanzo una pregunta inevitable sobre el estado de la administración que encontró al posesionarse. “Encontré pobreza presupuestal, sueldos atrasados, apatía en los pasillos, deudas miles, y el reto de asumir las nuevas funciones ordenadas para los municipios por la reforma administrativa expedida hacía un año”. Le esperaba, por supuesto, un desafío mayor, con el que chocó de frente un Alfonso Díaz Granados lleno de buenos propósitos, de sueños. “Mis  dolores de cabeza comenzaron con el reparto de la burocracia, lo único que le importaba a mis patrocinadores y sus fichas políticas en Ciénaga, todos ellos buenos amigos míos de infancia y juventud”. Acepta que, desde el primer mes de su administración, supo que la luna de miel con la coalición sería efímera. “Les respeté sus cuotas, pero no permití, bajo ninguna medida, que metieran las manos en mi administración. Nada de negociar impuestos ni feriar contratos”.  No le abrieron pelea de frente, enfatiza, porque algunos conocían su manera de proceder. “Yo tengo un carácter jodido, a mí nadie me echa vainas, ni me pone un pie”, explica en un tono que remite sin falta a viejas disputas que prefiere mantener en silencio. “Yo he sido un hombre de desafíos”.

El resultado de su brava actitud al frente de los destinos de Ciénaga es un episodio muy traído a cuento por los habituales de los corredores de la manoseada política local. Alfonso Díaz Granados sazona el punto con su habitual sorna. “Se convirtieron en mis enemigos sin declararlo. Vinieron. Miraron. Se fueron. Ningún proyecto me aprobó el Concejo. Conseguí en Bogotá la construcción de 200 casas de interés social, y el Concejo, en su sabiduría, le señaló al gerente del Inscredial en Santa Marta que jamás me darían una autorización para el proyecto mientras fuese el alcalde de Ciénaga”. En cambio sí quiso algún sector de la corporación autorizar un elevado cupo de crédito para que financiara algunos proyectos de infraestructura. “Me negué al juego” porque comprendió que tal ofrecimiento lo hacían algunos miembros del Concejo esperando que él les concediera como rédito jugosos contratos. “Conmigo no se iba a enriquecer nadie”. Al final, cuando vino la nueva campaña, todos corrieron para donde Orlando Dangond, dice, “quien ganó las elecciones 90-92 con una votación impresionante”, remata sin cambiar el tono de voz.

Le pido un balance de su administración. No ignora que algunos veteranos entendidos de la política local siguen pensando que su administración, si bien no dejó obras monumentales que mostrar, pasa por haber sido una de las más organizadas desde que hay elección popular de alcaldes.

Con su consabido buen humor, cruzado de piernas, a la mano un nuevo pocillo de café que Margarita ha traído, señala que administró pobreza, pero que hizo todo cuanto estuvo a su alcance para pagar los sueldos a tiempo, organizar los nuevos servicios a cargo del municipio como el educativo y asumir el control de la empresa de acueducto y alcantarillado. “Hasta le dejé una plata en las cuentas a la administración de Orlando Dangond”, apunta en buen tono. “38 millones”, le confirmo la cifra. “Exacto. Tú fuiste su secretario de Hacienda. Sabes de qué estoy hablando”.

Ciénaga: una plaza a defender

Suelto, luego de mucho guardarla, una nueva inquietud sobre la mesa que nos separa. Esta vez, levantando las cejas, me mira fingiendo sorpresa. “¿Por qué no regresó a Bogotá, si la experiencia no había sido del todo grata?”. Eso no es del todo cierto, me aclara, había demostrado como alcalde que podía administrarse con pulcritud y en medio de dificultades. Algo había hecho y quería defender su modesta obra de gobierno, su ejemplo. “Es la razón que tuve para no irme corriendo a Bogotá. Yo no huyo jamás. Entendí que debía quedarme a hacer política de verdad”. Compromiso que tradujo al fundar el movimiento Fe y Dignidad y que honró con su postulación a la Cámara de Representantes en las elecciones parlamentarias que siguieron.

“¿Un nuevo fracaso?”, anoto. “Depende”, contesta. “Sí y no. Sí porque después de mis dos años de gobierno y de la aceptación que había tenido mi administración, el resultado electoral no me acompañó. Ahora bien, no porque les probé a mis detractores que podía marcar una diferencia, hacer camino. Alarmados hicieron todo cuanto saben hacer los políticos en Ciénaga para quitarme el electorado en los sectores populares que habían visto algo distinto en mi administración. Hubo brigadas contra mi campaña. Puerta a puerta, patio a patio, ventana a ventana”. Se quedó y sigue, convirtiéndose en un referente. “A mí nadie me saca de la política. Ni los años ni los achaques han podido conmigo. Yo fui hecho para el debate”.

Pasajero de la muerte

Una nueva tanda de tintos. Volvemos a temas de otras tantas charlas sostenidas en la misma sala, en el mismo balcón, algunas otras tardes, con un Rodadero más alegre, más concurrido y metido en brisas. Su amistad con Carlos Lleras Restrepo, sus negocios en Bogotá, sus estudios de derecho, los viajes por el río Magdalena, los hijos, los nietos, su experiencia como presidente de la Junta Distrital de Hacienda en la época en que el galanismo administró la capital del país. Le expreso mi preocupación por el destino de sus archivos personales y los que guarda de sus dos años de administración. “Tengo más cosas. Algunas muy graves”. Me habla largo sobre su estado de salud. Perora sobre su enfermedad de dos años atrás, una isquemia leve que degeneró en una neumonía contraída en la clínica. El asunto se complicó porque decidió, al fin, luego de muchas vueltas, intervenirse una hernia perniciosa que incluyó una segunda operación de rectificación. “Estuve con una pata casi del otro lado. Pero la fe en Dios y las ganas de servir me trajeron de vuelta”. Anota que está bien, como un cañón ávido de batallas. Sus problemas ahora son una ligera molestia en la vista y un dolor que trae en una de sus piernas.  “Son 90 años moviendo el mismo cuerpo combativo”, declara, “Algo tiene que desajustarse”.

La muerte, me dice, lo ha tenido en planilla varias veces. En 1997, en Bogotá, los médicos de la Clínica Santafe se negaron a tratarle una infección de la próstata. En la Clínica San Ignacio, donde fuera internado por sus hijos, los médicos le anticiparon el certificado de defunción. Una noche, convencido del fin, alcanzó a recibir la extremaunción. Nada quedaba por hacer. Sin embargo, esa misma noche, la vida le volvió al cuerpo o él, más bien, la trajo de regreso. “La extremaunción me revivió”. Un médico, que le habló al pie de la cama, aceptó operarlo de la próstata, terriblemente infectada, con la condición de que la familia asumiera por escrito toda la responsabilidad. “Me operó y a los tres días estaba de nuevo en mi casa de Bogotá y al mes en Ciénaga para apoyar la candidatura de Toñito Zabaraín”, me hace saber, redondeando un episodio de su vida que ignoraba.

Ciénaga: un destino inevitable

En vano intento mantenerlo en el terreno familiar o de llevarlo de vuelta a su vida bogotana. Regresa al único tema que le interesa desde que fue alcalde: la esquiva suerte de Ciénaga. Obligado, extremando el tacto que amerita el asunto, le pido un balance de las administraciones posteriores a la suya. “Hacerlo, óyeme bien, supone admitir la existencia de todos los pecados mortales, abusos y veleidades. Muchas han estado marcadas por los escándalos. Los alcaldes que siguieron se volvieron expertos en indagatorias en la Fiscalía. Algunas merecen el calificativo de infames”. Se niega, sin embargo, a ampliar detalles. Aclara que a él sus enemigos quisieron armarle algún caso, pero nunca encontraron el más leve pretexto para fabricar una denuncia. “¡Caramba! ¡Qué pueblo tan noble Ciénaga! Es para una novela de mil páginas. Quien la escriba tendrá que cambiarse de planeta. Si yo la escribo, me matan”. Confirmo, mientras repasamos episodios nada gratos de la vida pública reciente de Ciénaga, que se mantiene bien informado de cuanto cocinan los mentideros políticos, que está al tanto de los actos de la actual administración, con la que dice no tener ningún acercamiento. “Apoyé a Tete”, dice. “Hice una declaración a su favor en la campaña. Me visitó. Pero nunca tuve la oportunidad de felicitarlo. Sigo sin hacerlo”, bromea Alfonso Díaz Granados. Confía en que pase algo bueno para la gente. “El alcalde Luis Tete es un hombre de pueblo”, agrega.

Quiero su juicio sobre algunos alcaldes a los que ayudó en sus campañas,  Alberto Vives, Antonio Zabaraín. “Los ayudé por amistad y por lazos familiares, pero, una vez empezaron a gobernar, se cortó toda comunicación”. Algo de desilusión percibo en los gestos con que acompaña esta última declaración. “Esperé más de ambos”. Anota, tal vez al tanto de mis cavilaciones, que resulta muy difícil hacer una buena gestión en Ciénaga cuando no hay independencia. “Algo hay que hacer”, propone. “Es hora de hacer algo distinto”. Le digo, contagiado de su latente humor, que la hora de hacer algo distinto siempre llega para Ciénaga pero pasa de largo sin que nadie la note.

La actualidad nacional

La política nacional consume algunas de sus horas. La sigue en la prensa escrita, en los noticieros y en los programas de opinión. “Hay que estar informado”. Sobre los actuales diálogos de paz en La Habana es escéptico. No cree en los propósitos de enmienda de la guerrilla. “No puedo creer que unos señores  que nunca han respetado la vida en este país vayan a volverse ángeles sin más”. Pero anota, a renglón seguido, “que ojalá Dios meta la mano para que algo bueno salga de esas mesas sobre las que poco se sabe”.

En su opinión, Colombia tiene que poner fin al conflicto armado, enfrentar el narcotráfico, combatir los reductos del paramilitarismo, atacar la corrupción, transformar el campo y darle la mano a la gente pobre. “Colombia tiene que ayudarse para que Dios la ayude”. Hay reformas que no pueden aplazarse indefinidamente. El país de a pie exige una oportunidad. “No podemos vivir en medio de paros, violencia de todo tipo, con malos servicios sociales y una pobreza que no cabe en las calles”, insiste, pensando tal vez en los miles de semáforos de este país invadidos por vendedores y artistas callejeros, por desplazados y mujeres abandonadas en donde quiera que haya uno en aceptable estado.

La carta del final 

Mi invisible agenda llega a su fin. Me he reservado, sin embargo, una carta marcada para el final. Su relación con la familia Dangond Noguera. Me explica, con el ceño fruncido, que lamenta aún que la campaña de 1988 lo haya enemistado con Orlando y Víctor Dangond. “Fue un error haber ido separados a esas elecciones. El Partido Liberal, que es el partido de ellos y el mío, debió buscar una fórmula amistosa”. Noto cierta desazón en su voz, pero, luego de un corto silencio, regresa su recio timbre natural de siempre para anotar que el tiempo le permitió la felicidad de hablar con Víctor Eduardo Dangond durante la alcaldía de este a raíz de una invasión que le hicieran en sus tierras. “Hizo cumplir la ley, ordenando el desalojo inmediato de los invasores”.  Una historia, la de las invasiones, “que se repitió en otros gobiernos nefastos, que permitieron la vulneración de mis derechos”. Señala que con Víctor Dangond algunas cosas aclararon. Sobre Orlando Dangond, a quien enfrentó, me dice que desde hace algunos años vienen saludándose. “No hay rencor en ninguno de los dos”. En Santa Marta, cuando coinciden, de algo hablan, menos de la elección de 1988. “Orlando, a quien tú conoce bien, es un hombre prudente”, concluye, cerrando un tema crítico sobre el que no le gusta abundar. “Ciénaga exige otra actitud de sus dirigentes. No podemos vivir enfrascados en costosas contiendas que a otros favorecen”.

Margarita. Las muchachas de las cartas.

Volvemos a sus 90 años. A su estado de salud. Me muestra fotos de la celebración. Hablamos de Margarita, quien, moviéndose entre la sala y la cocina, sigue atenta la charla. “Margarita está  muy bien. Ella y las muchachas siguen con sus cartas”. Las muchachas, me recuerda, son algunas viejas amigas de Margarita de Santa Marta y Ciénaga, las cuales, a pesar de los cuidados que exigen sus edades, desafían el sol y la lluvia, el cielo y la gravedad con tal de ir a jugar cartas. “Hay una que ronda los 103 años, pero resulta ser la más lúcida y avispada del grupo”. Margarita es una de las más jóvenes de las muchachas, me dice en voz baja y ya debe estar cerca de los 80, aunque los disimule. “Imagínate el cuadro”, me propone casi hilarante, bien centrado en su humor más firme. “Tú siempre tan exagerado, Alfonso”, alega Margarita que ha estado escuchando. “Nunca veo que gana, pero siempre juega”, riposta jocoso su marido. Margarita, que reaparece en el balcón, indica que nunca apuestan, que solo se divierten un poco. “Las cartas son más sanas que la política”, enfatiza sonreída.

Una vez Margarita regresa a su cuarto, donde imagino que se vestirá para ir a su habitual partida de cartas, Alfonso Díaz Granados confiesa, apretando los labios, que la suya es una mujer excepcional. “Es lo mejor que me ha sucedido en la vida. Mira que soportarme tanto años”. Recuerda que durante su última enfermedad, la que requirió de un par de operaciones de emergencia, ella se las ingenió para cuidarlo en la clínica, mantener en orden el apartamento y no faltar ni un solo día a sus juegos de cartas con las muchachas. “A ella sí que no le caen los años”.

La vida a los 90 años

La charla, la entrevista, languidece. Alfonso Díaz Granados es el primero en notarlo. Me invita, como quien convida a servir un trago, a que le formule una última pregunta que se pueda contestar. Esta vez mi interés se aparta del terreno resbaladizo de la política local. Me interesa saber cómo percibe la vida a sus 90 años y qué le gustaría hacer si la edad le permitiera algunas movidas adicionales. Las respuestas que ofrece, directas y chispeantes, pareciera haberlas tenido preparadas de siempre.

Ratifico que su humor y su franqueza gozan de perfecta salud. “Me siento mentalmente más joven que hace treinta, que hace cincuenta años”. Ahora bien, de poder hacer vainas, le  gustaría entrarle a dos. Una, regresar a la calle a hablar con la gente, y dos, organizar un periódico. Pero precisa, pleno de sarcasmos, que para la primera tarea le faltan fuerzas y para la segunda algo más que plata. La plata puede levantarse, alego, no faltará quien la ponga. Su objeción a mi entusiasmo me despoja de cualquier posible contra-argumento. “Todos se pondrían de acuerdo para no leer el periódico”. Hilarante, pletórico, ríe hasta las lágrimas. “No importa”, dice. “No importa. A Ciénaga hay que hablarle, hay que ayudarla a abrirle los ojos”, remata como quien cifra en un frase, en un silencio, la razón última de un oficio que no responde a razones naturales.

Un vecino de El Rodadero llama a la puerta

Suena el timbre. Es Carlos De Silvestri, vecino de El Rodadero y viejo colega de Alfonso Díaz Granados. Me comenta que con Carlos compartió oficina en la Bogotá de principios de los sesenta, años de agites de un siglo pasado vigente en los recuerdos, en la mirada de sus hombres, en hechos y acciones que esperan ser ubicados en sus coordenadas exactas, si ello tiene algún valor práctico. Saludo a Carlos, quien toma asiento contra el balcón, entre el anfitrión y yo.

La charla deriva en la siguiente media hora hacia una variedad de temas. Ciénaga, la Zona Bananera, Aracataca, El Bongo -pueblo de los De Silvestri-, El Retén, las inmigraciones italianas y la larga amistad que Carlos mantiene con Alfonso Díaz Granados, a quien conoció en Bogotá y no en Ciénaga, en la época en que De Silvestri trabajó en la Contraloría General de la República. Carlos y yo quedamos en hablar alguna otra tarde de su padre Giuseppe De Silvestri y de los italianos de Ciénaga y Zona Bananera.

Hora de regresar a Santa Marta

Una última tanda de tintos, bien conversada, me indica que arriba el momento de partir. Me despido de Carlos y solicito me despidan de Margarita, quien sigue en su habitación. En el pasillo, frente al ascensor, me vuelvo para despedirme de Alfonso, del viejo Alfonso, con un afectuoso abrazo.  Son más de las seis en la calle. Una tonalidad de grises toma posesión del cielo sobre la cadena de cerros que encierra a El Rodadero frente a un mar de aguas tranquilas, azules o verdes según la hora, nunca faltas de bañistas. Me pongo, a pesar de la poca luz, mis lentes oscuros. En una esquina me entero, de la voz ronca de un vendedor de jugos, que el Barcelona terminó ganando de visitante 4 a 0 al Rayo Vallecano. 21 de septiembre. Consulto mi reloj. Me apuro a tomar un taxi. Es el cumpleaños 15 de Clinton José, mi hijo, y he prometido salir con él.  La misión está cumplida a medias, me digo ya instalado en el confort del taxi que me lleva a Santa Marta, muy convencido de que Alfonso Díaz Granados da para mucho más que un reportaje, que una entrevista, que una charla inocente de balcón en la compañía de unos buenos tintos.

El Rodadero, Santa Marta

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Subido por Nov 6 2013. En la sección Actualidad, Reportaje. Usted puede comentar esta nota

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