YAGÉ: Bejuco del Alma o Soga de los Muertos

Por: Carlos Payares González|

Carlos Martín Payares Gonzalez, nombrado Secretario de Gobierno de Santa Marta.

Carlos Martín Payares Gonzalez.

“Pongo en evidencia aquellos personajes ajenos que andan con el poporo y otros objetos tradicionales no siendo indígenas… ¿Será que si alcanzan a dimensionar el valor que pose cada elemento? ¡No entiendo por qué adoptan un elemento tan sagrado, tan de nosotros desde su origen, para mostrarlo como un elemento del pasado que para la visión mediática no tiene el mismo valor! No serán los mismos lambones y charlatanes de la modernidad”                      

Ti Gúndiwa Villafaña Mejía.

El Yagé es conocido también con el nombre de ayahuasca; un término de origen quechua que se descompone en aya: alma; y huasca: bejuco. El Yagé es un alucinógeno usado desde tiempos inmemoriales por las comunidades indígenas de Suramérica en rituales ceremoniales. Se consume como una planta maestra que muestra, a chamanes o taitas, el camino hacia una nueva forma de vida y de conocimiento. Es en ese contexto como se le usa para encontrar soluciones a diversos problemas que enfrentan las comunidades tribales, para establecer, por ejemplo, el mejor momento de cosecha y sanar cuerpo y alma alcanzando una evolución espiritual. El Yagé es un bejuco selvático que se da en el piedemonte amazónico de Colombia, Perú y Ecuador. Suele darse el mismo nombre tanto al bejuco como a la bebida. Muchas personas creen que el Yagé es el líquido resultante de la cocción de la planta, sin embargo, no saben que los efectos alucinógenos no proceden de ella sino de otras especies vegetales ricas en triptaminas que se añaden al bebedizo; es decir, el Yagé, al tiempo que es uno de los principales componentes de la poción, es también la decocción purgativa producto de la mezcla de varias plantas psicotrópicas.

El hecho de que esta sustancia genere sensaciones de bienestar, puede ser un factor determinante para generar una adicción de tipo psicológico, en la que la persona busque escapar de su realidad y de situaciones conflictivas para refugiarse en un estado de tranquilidad y una realidad diferente. Sin embargo, el consumo no controlado del Yagé representa peligros potenciales, ya que estamos hablando de una sustancia con cierta toxicidad. Es posible que tomas de Yagé incontroladas podrían generar un serio problema de salud pública, similar al caso del LSD y del Éxtasis, que inicialmente fueron consideradas como útiles en el campo de la psicoterapia.

En general, es posible identificar tres grandes etapas durante la toma de Yagé: la primera de ellas es la purga, en donde a través del vómito y la diarrea se busca producir limpieza y desintoxicación del cuerpo y del alma (desintoxicación emocional), que prepara al individuo para “la pinta”; el fenómeno alucinatorio puede empezar con figuras sencillas y geométricas (fosfenos) y terminar con elaboradas imágenes que se entretejen entre sí logrando una cierta continuidad. La última etapa es el estado de bienestar que alcanza el individuo durante días posteriores a la toma.

La antropóloga y socióloga María Elvira Molano, quien ha trabajado con comunidades indígenas, ha manifestado ante el actual boom de consumo urbano del Yagé que: “me parece un acto extremadamente peligroso e irresponsable […] La planta del Yagé es de uso ceremonial y debe injerirse con fines curativos y no por mera curiosidad. Es una planta perteneciente a un entorno de culturas indígenas ancestrales y, por lo tanto, en el caso de requerir una dosis, es preferible hacerlo en un contexto apropiado como es una “maloca” y con una persona de conocimiento, curaca o taita. No es un juego, ni un plan más de fin de semana”. A su vez, el Médico Carlos Arturo Grisales Rojas ha dicho que tomar Yagé “es un boleto a lo desconocido, una experiencia incierta sin garantía de que sea placentera, sin garantía de seguridad y con riesgos que son individuales a cada psiconauta. Estos riesgos van desde el riesgo de morir en la toma, hasta quedar en estados alterados de la conciencia de manera temporal o definitiva”. Una toma con un chamán experimentado da alguna garantía de seguridad, sin embargo, la garantía no es total. El riesgo está presente según los antecedentes y el estado de salud físico y mental del consumidor de Yagé. Antecedentes de hipertensión, patologías cardiorespiratorias, pueden comprometer la salud o aun morir. Personas con alteraciones de la personalidad y enfermedades mentales larvadas o presentes pueden iniciarse o agravarse, psicotizarse o hasta enloquecer.

Lo cierto es que en años recientes se han producido algunas muertes por el consumo del Yagé: Henry Miller, de 19 años y originario de Bristol (Inglaterra), consumió la planta en dos ocasiones, “y por eso falleció”, según le dijo al diario ‘The Daily Mail’ su compañero de viaje Christopher Dearden. En agosto del 2011, dos personas habían fallecido en Piedecuesta, Santander, luego de ingerir la misma bebida. Aldemar Mendoza Pabón, de 37 años, y José Alberto Renoga Cáceres, de 29, llegaron sin signos vitales al centro asistencial de Floridablanca, al que fueron llevados. Y aunque son casos esporádicos, también se informó de una mujer de 40 años que murió tras ingerir Yagé en el año 2008 en Bogotá. En Santa Marta, un estudiante de Antropología de la Universidad del Magdalena lleva alredor de dos meses hospitalizado dado que fue “inducido” a la toma de Yagé por una docente, según lo expresó su hermano en un medio radial de dicha ciudad.

La siquiatra Delia Hernández, especialista en conductas adictivas y directora de la ONG Fundar Colombia dedicada a la prevención y rehabilitación de adicciones, explica que la ayahuasca es un bejuco que los taitas mezclan con otras plantas conocidas como chancruna y changropanga. La mezcla produce dimetiltriptamina, que está asociada a las alucinaciones. “Si el bejuco no se mezcla con estas otras sustancias no va a producir alucinaciones”, explica Hernández. De igual forma, Jorge Quiñónez, médico asesor de la Organización Regional Indígena del Valle del Cauca, ORIVAC, cuenta que “la dimetiltriptamina se considera estimulante y que el extracto de la planta contiene diferentes elementos que pueden producir síntomas muy severos”. El Yagé es una sustancia con una clara acción psicoactiva. “Es cierto que es  consumida dentro de rituales indígenas para alcanzar un estado modificado de conciencia, pero ese tipo de contexto no la eximen de una observación escéptica semejante a la que se hace con cualquier otro psicoactivo. En otras palabras: que sea usada dentro de un contexto espiritual, que sea una sustancia consumida durante siglos por comunidades indígenas (no precisamente las de la Sierra Nevada de Santa Marta), o que se le promocione como medicina espiritual, no es un argumento para salir corriendo a consumirla”, afirmaba Quiñonez. Por tal razón, dice finalmente Quiñones, el Yagé, “como tal, merece el mismo tratamiento riguroso que deberían tener todas las drogas de consumo humano”. Esto me hace recordar el primer principio farmacológico de que todas las drogas o sustancias que el hombre consume tienen efectos secundarios, muchos de ellos indeseables, dado que pueden provocar adicción, afectaciones y hasta la muerte. Toda droga y sustancia (sintética o natural) sometida al abuso del consumidor es potencialmente un peligro por muy saludable que nos parezca.

Ante una popularización urbana del uso del Yagé emerge entonces el principio de RESPONSABILIDAD que nos corresponde a todos. Y, en tratándose de centros universitarios, afanosamente estamos obligados a buscar lo más verdadero para ser enseñado a los estudiantes. Hacer ciencia y no promover creencias. Hoy está en discusión un penoso caso de afectación severa por el efecto del Yagé sufrido por un estudiante de Antropología de la Universidad del Magdalena, presuntamente inducido por una profesora, según han dicho familiares del afectado. Sin entrar en casuística señalo que en las universidades no caben las verdades a medias como tampoco las medias mentiras. La razón es obvia: las malas teorías y el mal ejemplo trascienden en el comportamiento de los estudiantes sencillamente porque los estudiantes les creen a los profesores.

De lo que se trata es de tomar en serio la libertad que todos tenemos y la mejor manera es siendo bien informados tanto en conocimientos como en valores humanistas que nos permitan a todos ser responsables de nuestros actos (por acción u omisión). Una vez tiramos la piedra, decía Aristóteles, somos responsables de los resultados, sean estos buenos o malos. Uno mismo nunca se engaña. Y quien es de verdad responsable siempre está dispuesto a responder por sus actos. Bajo una lógica religiosa algunos se han dado a la tarea de buscan culpables, hasta el extremo de que a alguien se le puede ocurrir culpar al irresistible Yagé. En mi caso prefiero hablar de responsabilidad y por ende de responsables. En este caso, la responsabilidad (no la culpa) existe en quien o quienes no advirtieron la tentación: ¿le faltó al estudiante conocimientos y voluntad para hacer uso de su libertad? en efecto, pudo haber dicho “¡NO!”… y punto.

¿Hubo acaso las advertencias dadas por sabiduría y experiencia correspondientes a la parte docente cuando se tratan académicamente estos temas, cuando sabemos que algunos charlatanes hacen uso de la “sanación con yagé” para abusar sexualmente de jóvenes mujeres? Es el caso del autoproclamado taita Édgar Gaitán Camacho, quien hoy está en una cárcel por presunto abuso sexual de una joven de 17 años en una maloca de su propiedad ubicada entre Bogotá y La Vega (El Sol Naciente). El susodicho encontraba los “problemas” de las mujeres en sus genitales, según la denuncia, lo que lo autorizaba para satisfacer sus ominosos deseos sexuales. Lo grave del asunto es que entre sus aliados se encuentran abogados, psicólogos y hasta antropólogos (El Espectador. 14 de junio de 2015. Página 26/27). La cuota de la presunta sanación oscilaba entre 80 y 100 mil pesos por persona. Un negocio chimbo con ribetes de ceremonial indígena.

Si un profesor de Medicina no enseña a los estudiantes el uso correcto del bisturí, es posible que en la primera cirugía terminen cortando cualquier cosa menos lo que tenían que cortar. Si un profesor de Laboratorio de Química no advierte a los estudiantes el protocolo de su uso pueden terminar redescubriendo la nitroglicerina y terminar “volando” toda la facultad. Si un profesor de ciencias sociales no advierte a los estudiantes que la lucha de clases tiene que ver con una formulación teórica, podrían pensar que el campus universitario es un escenario natural para el conflicto armado. Ahora, un estudiante de Medicina no tiene que inyectarse morfina para entender el efecto analgésico que posee. Ni un estudiante tiene que volverse NEGRO para rechazar el racismo. Ni ser LGBTI para defender los derechos de esta población.

Parece entonces obvió que uno no tiene que consumir yagé para entender la trascendencia del ritual indígena como forma “de sabiduría y curación alucinante”. Conozco el caso de un profesor que se aprovecha de la legitimidad de los rituales indígenas, siendo éste étnicamente blanco, para “mambear” delante de todo el mundo bajo una lógica urbana que nada tiene que ver con el imaginario cultural indígena. ¿Hasta dónde la singular parafernalia es ocultamiento de una drogadicción? ¿Qué pasaría si los estudiantes imitaran al docente haciendo uso diariamente de poporos en las clases?

Cualquier Universidad es siempre un faro que ilumina el entendimiento en una sociedad. Es misionalmente su conciencia crítica. El caso de Santa Marta sirve para hacer mucha más andragogía por parte de sus docentes. Uno no puede dejar como una opción racional o viable el que los estudiantes se tiren por la ventana de un décimo piso para llegar más rápido al primero; al menos debemos advertirles las graves consecuencias. Solo la educación nos hará libres y por lo tanto, mucho más responsables.

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Subido por Jun 23 2015. En la sección Actualidad, Informe Especial. Usted puede comentar esta nota

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