Una guayabera festivalera para el Nobel de Literatura

Maritza Cabas Pumarejo Foto Edgar de la Hoz

Gabriel García Márquez y Rodolfo Molina Araújo

La modista vallenata Maritza Cabas Pumarejo tuvo el honor de coserle la famosa prenda de vestir al escritor nacido en Aracataca.

Por Juan Rincón Vanegas

Maritza Cabas Pumarejo Foto Edgar de la Hoz

Maritza Cabas Pumarejo Foto Edgar de la Hoz

La mañana del viernes primero de mayo de 1992, día del trabajo, la modista vallenata Maritza Cabas Pumarejo confeccionó el que hasta la fecha ha sido el trabajo de costura más importante de su vida.

Todo comenzó cuando llegaron a buscarla a su casa, “Porque la señora Consuelo Araujonoguera la mandaba a llamar”. Para ella, el llamado fue algo normal porque era su modista de cabecera, pero se encontró con enorme sorpresa. Había sido la escogida para que le cosiera una camisa guayabera al escritor Gabriel García Márquez.

Maritza, se emocionó al recordar la historia ocurrida hace 23 años, y enseguida pone a funcionar la máquina del recuerdo. “Al llegar, encontré a Gabo sentado en una mecedora. En ese momento la señora Consuelo me enteró de la tarea que se me iba a encomendar. Y añadió que la guayabera debía estar lista para el día siguiente, cuando era la gran final del 25º Festival Vallenato donde Gabo sería jurado. Mejor dicho, debía estar elegante como todo hombre Caribe”.

La modista aceptó el encargo con la más grande satisfacción, pero sabía que tenía que hacerla en tiempo récord, porque la camisa era calada y con toda la calidad del caso. Sigue hilando las palabras, y entonces indica. “Enseguida, Gabo se puso de pie para que le tomara las medidas. Comencé con mi labor y él sonreía. Me pidió que fuera manga larga, pero de repente dijo que le causaba mucha alegría que una mujer vallenata le tomara las medidas para esa prenda”.

Comenta que al principio tuvo un poco de nervios, pero en medio de todo quería que el tiempo no pasara. Todos los miraban y eran el centro de atención y sin siquiera darse la primera puntada esa guayabera ya era famosa.

Cuando se le indagó sobre las medidas que le tomó al escritor no lo pensó mucho, cerró los ojos para buscar con su pensamiento los números en la caja de los recuerdos y precisó: “Bueno, si me acuerdo, pero déjeme precisar. Todo es en centímetros: 50 de espalda, 110 de pecho, 104 cintura, 74 de largo, 56 de manga y 47 de contorno de cuello”.

Al dar esos particulares detalles fijó su vista al cielo, y como si fuera ayer, le agradeció a Dios por haberle permitido tener tan cerca al hombre que le entregó a Colombia las más grandes alegrías escritas, y aún más, por poderle coser una guayabera que llevaba la marca ‘Cañaguate’, nombre del barrio más popular de Valledupar donde todavía reside.

Maritza Cabas y Gabo 1. Foto Fundación FLV

Modista dedicada 

La servicial modista comenzó su tarea preliminar yendo a un almacén a comprar dos metros y medio de tela de olan de hilo, color blanco y los demás elementos necesarios. Con toda la alegría del mundo se sentó en la máquina de coser a dar las puntadas justas, no sin antes concentrarse en el compromiso que no esperaba, pero que le llegó por su profesionalismo. Tuvo la guayabera lista en el tiempo estipulado. “Casi no dormí, pero le puse todo el interés y saqué a relucir mi experiencia”.

Cuando terminó, llevó la guayabera a la antigua casona ubicada en la plaza ‘Alfonso López’, pero en ese momento no encontró a Consuelo, ni a Gabo, pero el día siguiente supo que él se la había puesto, y que Álvaro López, era el nuevo Rey Vallenato superando a los acordeoneros Jesualdo Bolaño y Gabriel Julio.

Lo que ella no sabía era que le venía el premio mayor por su excelente trabajo. Eso lo supo la reina de las modistas tres días después de haber concluido el Festival Vallenato.

De esta manera lo narra. “La señora Consuelo me mandó a llamar nuevamente, y sin dejarme llegar a su casa, me dijo que a Gabo le había gustado tanto la guayabera que pidió que yo le confeccionara cinco más en tonos pastel, y que ella se las haría llegar a Cartagena”.

La emoción se le triplicó en ese instante, y  anota que cumplió el sinigual encargo con todo el amor y la dedicación de su oficio. “Se las hice, ahora sí, con toda la calma del caso. Desde ese día me dicen que soy la mujer que le cosí a Gabo y quedó bien satisfecho”. Entonces sonríe y expresa: “Eso me aumentó el trabajo”.

Seguidamente relata que no tuvo una segunda oportunidad sobre la tierra de volverlo a ver personalmente. Ella, quería darle las gracias por haberle gustado su manera de coser, pero en esos pocos momentos que lo tuvo al frente notó que era un hombre sencillo y amable.

Maritza Cabas y Gabo. Foto Fundación FLV

Admiradora de Gabo 

“Me dolió su muerte, me quedó ese bello recuerdo de la hechura de las guayaberas, y nunca olvidaré todo el aporte que le hizo a la difusión de la música vallenata, especialmente de la vida y obra del maestro Rafael Escalona”.

En medio de sus costuras, que ahora intercala con dictar cursos de modistería, añora que por la emoción de estar tan cerca de Gabo no le pidió un autógrafo. “Me lo hubiera firmado en la hoja donde anoté sus medidas”, dice sin dudarlo.

Solamente le quedaron las fotos que son la prueba fehaciente de aquel corto instante del encuentro entre el escritor y la modista, dos seres humanos cuya afinidad consistía en prestar el más lindo servicio de bordar letras y telas desde dos máquinas diferentes, la de escribir y la de coser.

Maritza Cabas Pumarejo, esa mujer humilde y de hablar grato, sigue apegada al metro, la tijera, las telas, los hilos y los botones son sus grandes aliados, y también a leer con paciencia y calma varias de las obras de Gabriel García Márquez.

Precisamente, sacó de un baúl algunos libros y viejos recortes de prensa donde leyó uno de Gabo que le llamó la atención porque hace énfasis en la música vallenata. Tomó agua y comenzó a media máquina porque se notaba que sus pupilas cabalgaban a la velocidad de sus nostalgias.

“Quien haya tratado de cerca los juglares del Magdalena Grande podrá salirme fiador en la afirmación de que no hay una sola letra de los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a otra experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero. Exactamente como los verdaderos juglares de la mejor estirpe medieval”.

No más había terminado de leer entregó una reflexión del vallenato raizal y pidió un permiso para buscar una revista donde tenía subrayada una frase escrita por la Exministra de Cultura, Consuelo Araujonoguera.

“El vallenato de verdad no se hace. No se fabrica. No se elabora, ni siquiera, digo yo, se piensa o se diseña. El simplemente nace. Nace con fuerza como cualquier machito entre sollozos y pataleos después de que lo engendra el sentimiento y lo pare la inspiración”.

Cerró los ojos y al abrirlos entregó nuevas palabras porque sin pensarlo sacó a relucir el pensamiento de dos personas en las que giró su vida para ser protagonista de una crónica vallenata.

Gabriel García Márquez y Rodolfo Molina Araújo

Gabriel García Márquez y Rodolfo Molina Araújo

Recuerdo de la guayabera 

Corrían los primeros días del mes de febrero de 2010 cuando Rodolfo Molina Araujo, presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, visitó a Gabriel García Márquez en Cartagena para cursarle invitación al 43º Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al maestro Rafael Escalona, y surgió una charla amena que se extendió por ocho horas.

Gabo, quien escribió un vallenato al que le alcanzó la melodía para ocupar 350 páginas, que parrandeó y conoció de cerca los vericuetos de la música vallenata salida de los potreros, de juglares descalzos que estrenaban canciones con letras sencillas donde se describían desde una mujer vestida de amor, hasta la naturaleza bordada de verde y con cintillos de arco iris, ese mismo que creó a Macondo, que se extasió hablando del ayer y recordó con sonrisas la historia de la guayabera festivalera.

Entonces, el hijo de Aracataca comenzó con palabras un recorrido por la vida de Consuelo Araujonoguera, la gran gestora que hizo posible que el vallenato tuviera nombre propio y que se metiera en el corazón de los colombianos con la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, al lado del expresidente Alfonso López Michelsen y del maestro Rafael Escalona Martínez.

“Ella fue una mujer que con su trabajo, talento y dedicación vistió de música el Valle del Cacique Upar, y desde la Plaza Alfonso López lo puso a danzar al ritmo del pilón, a interpretar y cantar los cuatro aires del folclor vallenato”, fue lo primero que narró el Nobel de Literatura. Y continuó diciendo: “Esa vez, como dice El Chavo del 8, Consuelo, la inolvidable ‘Cacica’, me hizo estrenar sin querer, queriendo”.

Gabriel García Márquez, el hombre que dedicó toda su vida a dejar correr un río de letras que llegaban felices a su destino final, dejó sentado que el folclor vallenato cuenta con su propio color, el amarillo, como las mariposas de Mauricio Babilonia, y que tenía una valerosa mujer que le mandó a coser varias guayaberas, esa ‘Cacica’ que se despidió de la vida y dejó andando a toda máquina la auténtica música vallenata que con sus acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, verseadores, compositores, cantantes y piloneras a cuestas, es hoy Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.

@juanrinconv

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Subido por Apr 18 2016. En la sección Actualidad, Crónica. Usted puede comentar esta nota

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