Santa Marta

Acojo este servicio episcopal en Santa Marta como un signo de la voluntad de Dios que quiero vivir con la confianza en Él: Obispo de Santa Marta

Así fue la entrevista de Monseñor José Mario Bacci, a través de la emisora Voces

  1. Jesús Orozco: Respetuoso saludo, Monseñor José Mario Bacci.

Monseñor José Mario Bacci: Un saludo a ti, a los oyentes de Voces y a todas las personas que, por cualquier medio, tengan acceso a esta entrevista. Este diálogo nuestro es muy importante para mí, porque me ofrece la oportunidad de tener un primer contacto con toda la gente de Santa Marta. Pienso de manera particular en los miembros de la Iglesia Católica de la Región, y también en todas las personas que viven en Santa Marta, en el Magdalena y que luchan por tener una vida feliz, de bienestar para ellos y para los suyos.

  1. J. O: Monseñor, sabemos que es de Magangué Bolívar, Eudista, hace ejercicio, estudió en Roma. ¿Qué otros datos de su vida le gustarían que conociéramos?

Mons. José Mario Bacci: Bueno, sí, sí, sí, ciertamente esos son los aspectos principales, diría yo, que me definen.

Nací en Magangué, allí crecí y recibí mi formación temprana. Mi vida familiar, durante mi infancia y adolescencia en Magangué, ha sido un baluarte importante para mí. Por eso mencionar a Magangué es referirme a mi familia, a mi gente, a mis amigos, a quienes contribuyeron en mi formación humana, cristiana y sacerdotal. De manera, que evocarlos también despierta en mí mucha gratitud por esos tiempos iniciales de mi vida, de mi adolescencia, de mi formación.

Luego vino el inicio de mi formación presbiteral, por la Diócesis de Magangué, primero, y después, en la Congregación de Jesús y María-padres eudistas (CJM). En ese recorrido aprendí que nosotros vivimos la vocación no como una función que desempeñamos, sino como una experiencia que identifica, que marca nuestra identidad desde dentro. Esto me permite también traer a la memoria del corazón a tanta gente que contribuyó a modelar mi vida sacerdotal y que ha estado presente en los años de ejercicio del ministerio.

También quiero destacar el tiempo de estudio en Roma. Lo viví como una oportunidad de cualificación para la misión.  Acogí este tiempo en Roma como un gran don de Dios a través de la CJM. Además, debo mencionar estos últimos 5 años aquí en Colombia como superior provincial de la CJM. Este servicio me dio la oportunidad de retribuirle a la Congregación tanto cuanto he recibido de ella.

Así que estos aspectos, creo yo, definen el perfil de mi vida y son el fundamento de todo lo que he vivido desde mi formación más temprana hasta mi vida en la Congregación y mi servicio a la Iglesia como eudista.

  1. J. O: ¿Qué experiencia surgió en Usted cuando se enteró de su nombramiento?

Mons. José Mario Bacci: Recibí este nombramiento con una mezcla de sentimientos. En realidad, hubo de todo. Al comienzo, sentí el natural susto y la comprensible sorpresa por el impacto que una noticia de estas provoca. Esta decisión del Santo Padre es algo que cambia la vida, que le da una orientación nueva a la existencia de uno, que marca un verdadero cambio de rumbo en muchos aspectos. Sin embargo, a lado de estos sentimientos puramente humanos (el temor, el miedo ante lo nuevo), poco a poco, también brotaron en mí sentimientos de fe y de vida cristiana, de deseo profundo de ver en esa decisión del Santo Padre, un camino nuevo de la voluntad de Dios para mí, para vivir la misión, el servicio, la entrega, la misma que es característica propia y fundamental de la vida sacerdotal, y que ahora asume una forma nueva de servicio mucho más amplio, con un alcance mayor, con un esfuerzo de identificación con una comunidad cristiana que tiene una historia previa a la que llego con humildad, para unirme al camino de fe, de evangelización que otros han iniciado.

Bueno, yo diría que experimenté, en síntesis, estos sentimientos mezclados: unos muy humanos de sorpresa, susto, temor; y otros de fe, de deseo de ver en esa decisión la voluntad de Dios para realizarla con alegría.

No acojo este servicio episcopal en Santa Marta como un peso -aunque ciertamente trae responsabilidades serias-, sino como un signo de la voluntad de Dios que quiero vivir con la confianza en Él, con mucha serenidad en Él, con mucha fuerza interior, por la oración y por la seguridad que me inspira llegar a una Diócesis con historia, con gente que está dándolo todo para vivir allí la misión.

Esto también genera en el corazón mucha paz, una gran confianza en el Señor y una gran serenidad interior. Yo diría que el miedo humano quedó atrás y ahora se impone la alegría del servicio que asume una nueva forma y la confianza que viene también de la cercanía y del afecto de todo el pueblo de Dios de Santa Marta.

Yo digo mucha frecuencia en estos días a gente con la que me he encontrado, que he vivido un contraste fuerte entre el temor inicial en el momento del discernimiento para la decisión y en cambio, la alegría, el afecto y la proximidad de quienes se han comunicado conmigo una vez conocido mi nombramiento y que me ofrecen cercanía, amistad y oración.

Ahí veo la voz del Pueblo de Dios que confirma una decisión personal ante un pedido de la Iglesia y que transforma esta decisión más que en un acontecimiento personal, en un acontecimiento eclesial, que yo vivo con la humildad de un discípulo del Señor, que quiere asumir este nuevo desafío, desde esa única perspectiva que nos hace uno a todos los bautizados en la Iglesia, discípulos y misioneros del Señor.

  1. J. O: Usted habla de dos cosas importantes. Primero de sentimientos encontrados, luego de historia. Hablemos un poco más de eso para llegar a respuestas encontradas. Ya nos dijo qué sintió, ¿qué experimentó con el nombramiento? Segundo, ¿qué sintió cuando supo que era para Santa Marta?

Mons. José Mario Bacci: Sí, yo creo que ahí está la sorpresa más agradable de esta invitación del Santo Padre para unirme al Colegio de los Sucesores de los Apóstoles… saber que el Papa me envía a Santa Marta. No conozco mucho de la ciudad y de la Iglesia de Santa Marta, pero, sí sé que somos miembros de una misma región, la costa atlántica, y que compartimos la fe en el Señor y el deseo de predicar el Evangelio.

Para mí, ir a Santa Marta, significa volver a mi tierra, volver a mi lugar, volver a al espacio inicial de mi vida, de mi formación más temprana. Por eso sentí mucha alegría haber sido elegido para Santa Marta.

Además, el señor Nuncio en el momento en que en que me indicó la decisión del Santo Padre, me animó a acoger esta decisión con alegría y convicción, porque él, conocedor de la Iglesia de Santa Marta por su oficio, sabe que hay ahí una Iglesia viva, que ha tenido pastores que han dado todo por realizar la misión con fuerza, con intensidad. Me habló de Monseñor Puccini, de Monseñor Piedrahita, del clero de Santa Marta, de las estructuras de la Iglesia de Santa Marta. Obviamente eso significó para mí una sorpresa agradable y positiva.

Asumo, entonces, esta invitación del Santo Padre, con sus aspectos positivos y con sus desafíos, como expresión de la voluntad de Dios, y quiero vivirla con alegría, con mucha expectativa, con mucho deseo de ir ya a vivir con los samarios, las samarias y magdalenenses, esta misión que el Señor me confía.

  1. J. O: Hablando de la historia y de obispos, en el año de 1917 fue Obispo de Santa Marta, otro Eudista, también muy joven: Joaquín Guillermo García Benítez, que luego pasó a la sede de Medellín, sería un dato muy interesante cuando hablamos de historia y de obispos, cuando hablamos de clero, cuando hablamos de sentimientos de mezcla de esa sincronía de sentimientos y de historias que nos ponen de cara a otra pregunta. Siendo Eudista, formador de presbíteros, ¿cómo mantendrá esa vocación ahora como obispo?

Mons. José Mario Bacci: Pertenecer a la Congregación Eudista ha significado para mí no solo ser miembro de una institución de Iglesia, sino sobre todo estar en una escuela de discipulado, que el Señor me mostró en el camino de mi vida y de mi formación para asumir en la Iglesia un carisma particular y dirigir, orientar todas mis fuerzas y capacidades para un servicio concreto en la Iglesia. A través de la Congregación Eudista, ese servicio para mí ha significado dedicación a la formación de futuros sacerdotes diocesanos en seminarios de América Latina.

Eso lo he vivido también, no solo como una función en la congregación para la Iglesia, sino como una marca interior de identidad profunda. Ser formador es una realidad que define mi vida, y yo no me entiendo, sino a partir del ejercicio de esa vocación como expresión de una identidad, repito, que me marca desde dentro.

Para mí ha sido muy inspiradora una frase del Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 273. Refiriéndose a la misión, el Papa dice: “Yo soy una misión. La misión en mi vida no es un apéndice del que pueda prescindir, no es un añadido, no es un adorno, que yo pueda quitar. Yo soy una misión, de manera que, si me la quitan, destruyen mi ser”. Frase fundamental para comprender la misión en la vida cristiana, no como una función que uno desarrolla porque dedica tiempos de la jornada a ese “trabajo”, a esa “misión”, sino como la realidad que se confunde con nuestro ser más profundo, se integra y lo constituye. De manera que no puedo prescindir de eso. Mi vida no puede ser comprendida como momentos de actividad misionera y momentos de privacidad personal. El Papa lo dice inclusive en ese mismo texto. Cuando uno no vive la misión como elemento de identidad profunda, se vuelve celoso del cuidado de su privacidad.

De manera que, inspirado en el Santo Padre, pienso que el desarrollo natural de las cosas me empuja a vivir el ministerio episcopal también desde esa marca eudista de misión de formación en la Iglesia. Inclusive, dentro de la Congregación, recientemente hemos reflexionado el modo de comprender el carisma formador eudista en la Iglesia: normalmente se identifica con el servicio concreto en los seminarios mayores, pero hemos ido descubriendo poco a poco en estos años que, en cada dimensión del trabajo pastoral, un eudista es un formador.

De manera que, en síntesis, yo esperaría ser, y pido al Señor esa gracia: un obispo formador, formador del pueblo de Dios, formador de futuros presbíteros, formador del presbiterio, en actitud de permanente identificación con Cristo para vivir la misión con toda la fuerza, la intensidad y la generosidad posibles. Eso pido yo del Señor para para mi servicio episcopal en Santa Marta, y espero hacerlo también inspirado en los grandes pastores que ha tenido la Diócesis de Santa Marta.

Al comienzo de la pregunta mencionabas a Monseñor Joaquín García Benítez, que hace 100 años precisamente ejercía el pastoreo en Santa Marta. Ahora, 100 años después, el Señor me ha pedido a mí también nacido, criado, formado en la entraña eudista, vivir la misión en Santa Marta. Como un signo, con una fuerza simbólica muy importante, pienso llevar para la ordenación episcopal, el báculo de Monseños Joaquín García Benítez como expresión también de la continuidad en la misión de la Iglesia, en la porción concreta de la Iglesia particular de Santa Marta.

P.J.O. Bueno, ha hablado usted de una síntesis, Hagamos una síntesis prolongada con otra pregunta que es complementaria frente a la respuesta anterior, San Juan Eudes le enseñó sobre las misiones en Francia. Un gran misionero, además de formador. Ahora, ¿Cómo hacerlo en la Diócesis de Santa Marta?

Mons. José Mario Bacci: Sí, ese es un desafío, es la perspectiva fundamental de este nuevo servicio que me pide la Iglesia para ser en Santa Marta el obispo y pastor. Llego con deseo, fuerza y la juventud posibles que el Señor me regala para empeñarme de lleno en la misión en la Diócesis de Santa Marta. Entiendo que hay muchas iniciativas misioneras en la diócesis, que hay una presencia expresiva también de algunos movimientos apostólicos y que hay también un clero activo y dinámico, que la presencia de vida religiosa femenina es importante y que está muy vinculada a la misión en la diócesis. Espero llegar a unirme a ese esfuerzo previo a mi llegada. ¡Obviamente la Iglesia existe antes de la llegada del obispo! Espero recorrer toda la diócesis, visitar cada rincón, no ahorrar esfuerzos para realizar, a través de toda la actividad de la Diócesis, presencia de Iglesia en el Magdalena.

Que el Magdalena sienta que la Iglesia está presente en la mente y en el corazón de las personas como una fuerza viva de la sociedad, que no nos vean como una institución al margen, o como una presencia simplemente ornamental, decorativa, sino como una presencia que une fuerzas, que abre los brazos para recibir a todos y que está dispuesta, desde su especificidad propia, a contribuir al crecimiento, al desarrollo, al bienestar de todos los samarios y samarias. Me refiero no sólo a los de la ciudad, sino a todos los que habitan el territorio de la diócesis. Voy con una mirada atenta y espero con una capacidad de escucha verdadera y sincera a unir fuerzas, convocar personas desde la Iglesia, desde la fuerza del Evangelio, desde el anuncio de la persona de Jesucristo, vivir la misión con total generosidad.

Yo espero también que una vez iniciada la actividad propiamente episcopal en Santa Marta, convoquemos a todos al encuentro de Jesucristo. Esto es lo que la Iglesia tiene que comunicar a todos, la felicidad y la construcción de una sociedad fraterna, capaz de enfrentar los desafíos desde la comunión en la diversidad, pero también desde la disposición para que cada uno generosamente contribuya al crecimiento de todos.

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