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“Otoño de Amor”, un cuento del Negro Ponce en su piel de escritor

Por: Víctor Hugo Vidal |

Siempre he conocido a Oswaldo Ponce Martínez por su gran sencillez, su  nobleza de corazón,  su fraternidad con amigos y no amigos, su entrega total a prestar un servicio social a quien lo necesite.

Es un intelectual a carta cabal, un lector por excelencia, caminante del mundo, más preparado que un Yogur con bacilos búlgaros, con tantos diplomas de pregrados, posgrados, maestrías y doctorados que no tienen cupo en las paredes de su residencia. Difícil conseguir trabajo con el mamotreto de hoja de vida que tiene, porque cualquier Gerente se sentiría desplazado de su cargo…

Cariñosamente   sus amigos le decimos Negro, no por su etnia ni genotipo, si no por los apodos comunes de nuestro Caribe desde pequeños, aunque yo le hubiera apodado el  marroquí sin temor a equivocarme, excepto por su expresión lingüística.

Pero lo que yo no le conocía era su espíritu narrativo, su piel de escritor, su creatividad para hilar con aguja fina el tapete literario con sabor a cuento largo o novela corta…

Por eso me he tomado el atrevimiento de publicar un trozo de uno de sus cuentos largos, titulado OTOÑO DE AMOR. Los reto a leer:

“OTOÑO DE AMOR”

Enrico Agustín Bacalli Murillo se levantó ese día con incertidumbres sospechosas de la butaca de madera torneada que había heredado de su padre, escudriñó con agudeza por última vez a través de la ventana de su vieja casa colonial frente al mar la dirección de los vientos, el olor del mar y aspiró con vehemencia la humedad de la tarde vencida por la noche, convencido de una vez por todas de haber interpretado con acierto los mensajes ocultos que él sólo sabía hacerlo y tomó la decisión que habría de cambiar el rumbo de su vida de pesadumbre y angustias de amor.

—Ya recibí el mensaje —le dijo— al Padre Otto con el afán de la desesperación que dan las angustias del amor, con quien había entablado una amistad plena  de confianza  y confidencias de vida desde que éste había pasado unas vacaciones en Cartagena de Indias por cuenta de la curia de Santa Marta para curar sus heridas del alma y restablecer el espíritu desgastado, después de los enfrentamientos furiosos y vehementes con la Liga del mal— como él mismo reconocía— unos meses antes en una lejana población de la Costa Norte.

— ¿Estás seguro de que has tomado la decisión correcta?  —le contestó—impaciente el Padre Otto con su voz pausada y profunda por el ejercicio indisoluble de tantos años del ministerio clerical y de consejos a sus feligreses.

—A veces los espíritus de la naturaleza se confunden y hacen tomar decisiones lastimosamente equivocadas que después entran en el inventario de los errores de vida —le insistió— tratando de convencerse a plenitud de los argumentos de Enrico Bacalli, —los Maestros Sabios jamás se equivocan Padre Otto, porque son ilustrados y conocen el destino de los Hombres, y estoy seguro, de que me han enviado el mensaje correcto para preparar mi espíritu y enfrentar el reto de las realidades de esta coyuntura de amor — le afirmó— Enrico Agustín con la vehemencia manifiesta de sus palabras antes de colgar el teléfono  presuroso, acezante  y notificarle a su madre, por fin, sobre la certeza de su próximo  viaje a la Habana para tratar de ordenar algunos desarreglos del amor., en el que había caído su vida ordenada.

Matilda, su madre, una bella y altiva afrodescendiente de negros cabellos largos ensortijados hasta el final de la espalda, cuerpo de hembra bravía para el arte del amor y ojos de almendra, que cambiaban de color con la intensidad de las lluvias, había llegado a Cartagena de Indias en una mañana engalanada de colores pasteles profundos en el cielo y de vientos desaforados y rebeldes de Abril en búsqueda desesperada de la suerte que no había alcanzado jamás sacando pepitas de oro con gran esfuerzo de las orillas del rio Atrato y que había enloquecido de amor altanero a Don Angelino Bacalli Comanecci, su padre, un inmigrante italiano de ojos verdes como esmeraldas, de talle alto y elegante vestido siempre de blanco, borsalino a la moda que cubría parte de su caballera canosa y zapatos combinados en blanco y negro  que alborotaba a las vendedoras del mercado de Bazurto con su andar bacán y petulante de bailador de Tangos arrabaleros, de esos que matan el alma —como él decía— dedicado  desde su llegada a la ciudad de los olores montunos, al arte de la joyería y la orfebrería en un pequeño local en el centro de la ciudad amurallada.

Su infancia se había desarrollado bajo la atención y resguardo siempre comprensivo y entrañable de  Matilda hasta alcanzar la adolescencia cuando comenzó de manera tardía a comprender las dificultades y retos propios de la existencia cuando se enfrentó con sus propias herramientas a las vicisitudes de su subsistencia solo y fuera de la casona de paredes gruesas, escarchadas y llenas de espíritus y de misterios que nunca advirtió, a pesar del esfuerzo de su madre de iniciarlo en la lectura e interpretación de los sucesos recónditos de la vida de los Hombres.

—No puedes pasar por la vida sin conocer los peligros y dificultades que acechan tu alma, sobretodo en cosas del amor que son los más agudos y punzantes— le señalaba— Matilda con la ternura inagotable de sus ojos de almendra, tratando con argumentos propios, de convencerlo de una vez por todas, de protegerse de las sañas de las pasiones enloquecidas de los sentimientos del corazón ignorante de adolescente.

Su vida de Juventud, entonces, se desarrolló en el escenario acostumbrado de los juegos y las travesuras con la compostura lógica entre las diversiones y aprendizaje de experiencias con los compañeros de clase del colegio y la disciplina de estudio en la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena, con las excepciones de los sábados, síntesis de la gloria, cuando se escondía en secreto y con las expectativas propias de su edad, con pajaritas morenas emperifolladas de la noche iracunda, en algún cuarto sórdido en el centro amurallado de la ciudad para satisfacer los afanes del cuerpo, que nunca comprometieron su alma sin experiencia  para las cosas del amor.

Su padre, el viejo Enrico no representó mucha significancia en las realidades de su vida, y sólo lo veía ocasionalmente cuando lo visitaba— ya entrado en años— en su puesto de joyería  y recibía a veces, un dinero de bolsillo para gastos menores, pero jamás, como lo afirmaba en muchas ocasiones en sus conversaciones llenas de nostalgias y realidades con Matilda, recibió un consejo válido y de confianza para su desarrollo como individuo o alguna manifestación de afecto que lo uniera a él, inmerso en un  círculo cerrado y escabroso de  vida solitaria y egoísta hasta su muerte, que lo sorprendió sin advertencia alguna, sentado en la silla donde arreglaba con la destreza de sus oficio— aprendido en Verona su ciudad natal— los relojes de la ciudad.

— Mi padre Enrico es la síntesis del egocentrismo, el aislamiento y la ingratitud por las cosas que nos ofrece la vida, que los Maestros Sabios se apiaden de él cuando le hagan el balance final de su existencia —susurraba—mientras auscultaba su corazón agotado de amor en aquellas pausas repletas de melancolías sin resolver de las noches infinitas de estudio, sentado en el balcón de su casa frente al mar en Marbella que se constituían para él, en una especie de contrición de vida que siempre arrastró en el camino desbocado e incierto de su vida afectiva, porque Matilda se convirtió en el único ejercicio de amor y de certeza que tuvo la feliz oportunidad de conocer, sentir, disfrutar, cuando las dificultades y conflictos del alma inexperta lo enfrentaron con saña, a los rigores de los amores contrariados para acorralarlo en las redes aciagas de la desesperación en una etapa inolvidable de su existencia.

Este escenario de condiciones que presionaba la formación de sus valores donde se conjugaba el carácter sobrio, seco e indiferente de Don Enrico Bacalli y la ternura y el entendimiento analítico, experimentado y racional  de Matilda, lo habían llevado como en un torbellino de consternación existencial, a escarbar la oportunidad de alternativas de respuestas a su vida solitaria en las fuentes inmarcesibles de la doctrina Gnóstica como un germen sorprendente de protección y de construcción de principios para desfogar su alma dolorida, que muy pronto, a pesar de su edad, lo hacían destacar como una persona diferente en su visión y compromiso de vida…

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