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¡Qué vivan los estudiantes!

Por: Iván Potes Comas|

Ivan Potes Coma, Estudiante de Comunicación Social y Periodismo  Universidad Sergio Arboleda – Santa Marta
Ivan Potes Coma, Estudiante de Comunicación Social y Periodismo
Universidad Sergio Arboleda – Santa Marta

“Me gustan los estudiantes, porque levantan el pecho cuando les dicen ‘harina’ sabiéndose que es ‘afrecho’. Y no hacen el sordomudo cuando se presenta el hecho”, dice la letra inmortal de la canción Me gustan los estudiantes, de la cantautora chilena Violeta Parra.

Versos que, en la voz de la inolvidable Mercedes Sosa, logran llegar al alma de la estudiantina, en especial, la latinoamericana. Los muchachos que desde las aulas preparan un discurso contra-hegemónico.

En términos de Habermas, una “acción comunicativa” que constituya un poder informal de las sociedades para atacar, “desde la periferia”, a los poderes políticos, coercitivos, económicos y simbólicos que ejercen las instituciones sociales.

Somos los estudiantes, quienes con los argumentos en vez de balas, con los libros en vez de armas, con la crítica en vez de la ingenuidad, tenemos el derecho y el deber sublime de procurar un discurso que proponga una perspectiva profunda, una interpretación de alto aliento, una opinión inconforme, sobre los hechos que nos afectan como sociedad.

Somos los estudiantes, quienes libres de toda clase de intereses particulares y privados. Autónomos y lejos de las oligarquías que colonizan el pensamiento de las masas para que consuman y voten por los mismos que sostienen ‘la mano invisible’ del sistema económico. ¡Somos nosotros!, los que con más ímpetu debemos levantar la mano, alzar la voz, pedir la palabra y divulgar los cuestionamientos que nos resultan de nuestra realidad.

¿Si los estudiantes callamos y hacemos como si todo funcionara perfecto, quiénes lucharán por las desigualdades?, ¿quiénes, además de los estudiantes,  cuyas tripas aún no se llenan con el dinero quincenal de las familias políticas tradicionales y sus empresas dominantes?

La verdad le causa un ardor insoportable a esa clase social privilegiada que se incomoda cuando en las aulas se empiezan a formar profesionales; hombres y mujeres, que se casan con la justicia, la igualdad, la diversidad, la pluralidad y la socialización de los medios de producción. Se sienten amenazados, cuando su modelo educativo industrial parece haber fallado, porque se quebranta con los que pensamos diferentes.

Los estudiantes que desde la pizarra, las plazas, las calles, y ahora desde la redes sociales, demostramos un inconformismo colectivo por lo incompetente que resultan los procesos burocráticos ante las demandas del pueblo.

Y luego, atacan a los educandos con el pretexto de “hablar de lo que no han vivido” o de “no tener la experiencia suficiente para cuestionar la vida real”, como si los estudiantes indignados estuviéramos condenados a repetir esa realidad opresora.

Como si los periodistas en formación que, desde la academia, emitimos una voz de desencanto y decepción con los medios de comunicación aliados con el poder político, tuviéramos la suerte mal echada de trabajar para los mismos ‘patrones’ del mal.

Como si los futuros médicos de las facultades que salen a marchar por la negligencia de un sistema de salud desahuciado, no pudieran demostrar su preocupación por los quirófanos que ocuparán para velar por el derecho fundamental de la salud.

Los estudiantes evitaron una reforma a la educación que favorecía a la industria, y que debilitaba la calidad, la investigación y la producción del conocimiento como materia prima para el desarrollo de este país.

Como dice Violeta Parra en otra parte de su canción: “me gustan los estudiantes porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura, para la boca del pobre,  que come con amargura”.

¡Que vivan los estudiantes! Los que no tragamos entero, los que no hacemos silencio ante la tiranía, “los que rugen como los vientos cuando le meten al oído: sotanas y regimientos”. ¡Qué vivan esos estudiantes!

#Remember: Agradezco y respeto profundamente los comentarios de los lectores que opinaron a favor o en contra de mi primera columna. Todas nuestras opiniones son dignas de ser respetadas. Aunque las ofensas no hacen parte del ejercicio dialógico.

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