José Rafael Dávila, protagonista y testigo de la belle époque bananera

José Rafael Dávila con uno de sus álbumes. Foto: Annabell Manjarrés Freyle. Santa Marta, 2017.

Por : Annabell Manjarrés Freyle, periodista y escritora.

En 1936, José Rafael Dávila y su familia de Santa Marta fueron a visitar a sus tías en Bruselas, ciudad donde residían desde hacía 14 años. Allí pasó ocho meses de vacaciones. Su estancia coincidiría con los Juegos Olímpicos de Alemania. Era un niño de 12 años cuando él y su familia, sentados a pocas sillas de Hitler, quedaron impactados no solo con la cantidad de banderas enarboladas con la cruz esvástica o con el dirigible Hindenburgque sobrevolaba el Estadio Olímpico de Berlín, sino con el carisma y fuerza del dictador alemán, quien aprovechó para vender en su discurso de apertura una poderosa y aria Alemania Nazi.

“Ni siquiera Mussolini era tan espectacular”, recuerda en el sofá de su apartamento de Santa Marta, 81 años más tarde. Después de su viaje a Berlín, visitaron Roma. Llegarían una mañana de agosto a la Plaza Venezia, lugar donde Mussolini ofrecería su discurso de bienvenida al ejército italiano, que había masacrado en Abisinia a millones de etíopes.

En Bruselas
José Rafael (de boína) con la tía Mary Luisa Noguera Angulo y el primo Nicolás Enrique Dávila. Bruselas, 1936. Archivo: José Rafael Dávila.

Las fotografías de sus viajes a Europa se conservan en los voluminosos álbumes familiares que José Rafael Dávila conoce al dedillo. De cada foto posee una anécdota. A sus 94 años evoca detalles de una noche de tormenta, en medio de la vastedad del Atlántico, a bordo del Queen Mary, un transatlántico recién inaugurado y famoso por su lujoso decorado Arte Decó. En la Segunda Guerra Mundial, el Queen Mary sería utilizado para transportar tropas australianas a los frentes de guerra.

Su hija Mercedes suspende la charla que sostenemos en la confortable sala de su apartamento, para ofrecernos algo de beber. Hablar con José Rafael Dávila es transportarse en una nave del tiempo sin posibilidad de regresar intacto del viaje. Mercedes me pide ayuda para acomodar uno de los pesados álbumes de fotografía que José Rafael sostiene en sus piernas. Con una mano pasa las páginas y con la otra sostiene su bastón, algo desgastado en el mango. ¿Cómo logra —me pregunto— recordar tantos hechos, opinar sobre los mismos y llamarme por mi nombre con tanta familiaridad, como si nos hubiésemos conocido en el siglo pasado?

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