La díaspora migratoria

Por Ricardo Villa|

Punto de Vista

“Tengo un sueño: que mis cuatro hijos algún día vivirán en una nación donde no se les juzgará por el  color de su piel sino por su carácter”. Reverendo Martin Luther King Jr

En segundo año de derecho, en el examen final oral de derecho constitucional colombiano, que más parecía un juicio oral en que el acusado era el alumno, en las que casualmente sobresalía el que mejor capacidad de memorizar tuviera, por cosas de la vida, le tocaba pasar al estrado, en las primeras de cambio, a los últimos en la lista. Sudando frio, con las manos titiritando, no precisamente de frio, uno sentía que se le había olvidado todo el cuestionario que con suficiente anticipación nos había dejado para su módulo, el recordado profesor Julio Cesar Ortiz; otro asunto, que en la psicología debe tener alguna explicación, es que uno ingresaba con 4 compañeros más, de los que sus preguntas las recitabas en la mente a la perfección, en vez de concentrarse en la
concerniente.

Es algo, quizás muy nuestro, de estar más pendiente de la pajilla en el ojo ajeno que de la cuña en el propio. En aquella ocasión, fui el segundo en recibir la pregunta sobre cómo se adquiere la nacionalidad en Colombia, mientras sufría de amnesia temporal, el maestro Ortiz me decía: Villa es una de las preguntas más fáciles que hay, recuerda los tres aforismos latinos… en simultanea que recordaba que el imperio romano en su expansión, fue uno de los más proclives a negarles la ciudadanía a los habitantes de las provincias latinas que habían conquistado, hasta a sus mismos plebeyos o a las mujeres que nunca se la concedieron plena, al tiempo en que el compañero
de al lado se le salían las babas para que lo dejaran contestar, alzando su mano, dando saltitos en el asiento con sus posaderas, se me vino una luz al final del túnel que me permitió trasbocar: Ius sanguinis, Ius soli, Ius domicili, para después, sin ningún análisis, casi recitar el artículo 96 de la Constitución Política Nacional, lo que me salvó de una rajada perfecta.

Ahora cuando esta Francia al parecer diversa, solidaria, mestiza, en su plantilla, ganó el Mundial de Fútbol, pienso que no es tan fácil. Empezar por decir no al racismo, mientras desde las graderías de algunas ligas, las hinchadas fanáticas, les grita Sudacas a los jugadores de esta parte de América, pintan una esvástica en la gramilla de un partido clasificatorio o hasta les corean Ku Kus Klan a los
afrodescendientes, el triunfo de Francia en la final de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA, es una victoria sobre la xenofobia; es un premio a la integración, a la cooperación, y a la posibilidad de una ciudadanía mundial. En una sociedad global, en que se pregona el pluralismo y la inclusión, así poco se practique, la diáspora migratoria, y su descendencia, salvó al equipo francés; son sus estrellas de
este deporte. Esa es la gran copa que se levantó en Rusia, que muchos celebramos y a quienes se les debería dedicar.

Falta mucho para que no nos dividan fronteras, razas, creencias, monedas, ciudadanías. Aún no se ha superado el racismo, así hayan campañas mundiales para detenerlo. Aún no se ha acabado el  colonialismo, para la muestra un botón ─así no haya sido la tapa como la final en Sudáfrica 2010 entre España y Holanda u otras anteriores─, tres países colonialistas en este mundial de futbol, legaron a las finales, con la fuerza de los inmigrantes: Inglaterra, conocido de autos, la Bélgica del Congo en el pasado, y la campeona Francia que aún pisa el Caribe, la tierra firme americana, África y Oceanía. Sólo se salva Croacia, que a punta de garra, en contra de la marea y con buen fútbol, llegó a la gran final, que sería un país resiliente, después de su conflicto y la disolución del “yugo” de la antigua Yugoeslavia o, también, colonizado, con el lunar de sus añoranzas de símbolos nazis en sus celebraciones de goles o de sus triunfos en los partidos previos. Al final de cuentas, aún no se reconoce en su totalidad, entre otros paraísos, identidades o utopías, el legado de América en
Europa, como quizás diría Germán Arciniegas, de Asia en, de África en, de Oceanía en, o viceversa; o de cada persona que cuando emigra, solo o con su familia, deja parte de lo suyo, se lleva una memoria en sus hombros y así se adapte a otra cultura, no pierde su esencia, su Macondo, como estado anímico.

En Francia celebran que sus nacionales, muchos de ellos hijos de inmigrantes o naturalizados, los llevaron a ganar el Mundial, mientras tanto, acá en nuestra patria, nos quejamos de los hermanos de países vecinos que se refugian en nuestro país y hasta de los colombianos que retornan del exilio; miramos con ojos inquisidores, que rayan en una naciente, por demás peligrosa, xenofobia, a los inmigrantes que hacen los servicios que muchos no quieren realizar, sin saber que quién sabe si entre ellos o sus hijos, esté una inteligencia sobresaliente para la ciencia, el deporte, el arte y hasta la política.

El llamado acá es a la reflexión sobre los grandes desafíos y ventajas del nuevo éxodo a Colombia. Ante todo a que seamos solidarios, no sólo en nuestra humanidad sino con políticas sociales pertinentes, para con los inmigrantes en Colombia que pasan cruentas necesidades,
mientras huyen de sus casas por regímenes perversos o buscando oportunidades. Muchos tenemos familiares en el exterior que están en igual o peor situación; O quizás, en el futuro líquido, nos pueda tocar a nosotros un refugio similar. Es más, quién quita si algunos de ellos o sus hijos, muy pronto nos puedan llevar a ganar un Mundial.

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