“Nunca podría vivir separado del mar”: Pepe Alzamora

Por Anabell Manjarréz Freyle|

Pepe Alzamora en la entrada de su casa Los Virreyes. Foto Anabell Manjarrez Freyle

Pepe Alzamora es un tipo tranquilo. Toda una vida dedicada al mar ha hecho de él un hombre sano y calmo de 88 años. Por las tardes, se sienta en uno de sus mecedores en la terraza de su casa cerca de la bahía y, sin retirar la mirada del Morro, ve fluir el olear y pasar la suerte de Santa Marta. La última vez que nadó en la bahía fue hace 15 años, una vez comprobó que la contaminación de las playas era un asunto irreversible, más allá de los anuncios tranquilizadores de las autoridades.

Pepe Alzamora con la periodista Anabell Manjarrez Freyle

Son más de 20 años viviendo solo en una de las casas más antiguas del Centro Histórico de la ciudad. La casa está ubicada en la calle 12 (Calle de la Cruz) con 1ª. En el dintel de la puerta puede leerse en un aviso de letras plásticas el nombre de la casona: “Los Virreyes” y, al lado del ventanal, una placa de señalización turística indica que Los Virreyes fue construida en 1796 por orden de los reyes de España para que habitara en ella el tesorero de las arcas reales, Francisco Xavier de Ainzuriza. Concluida la construcción, en 1799, a esta casa llegaron a hospedarse funcionarios reales importantes, entre ellos Juan de Sámano, el último virrey español de la Nueva Granada.

—Yo pensé encontrar aquí un gran tesoro oculto —dice Pepe entre la desilusión y la chanza—. Imaginé que el tesorero en algún momento pensó “¡Miércoles! ya viene ese guerrillero de Bolívar con sus tropas y los barcos, en los que debemos mandar esta remesa de oro a España, no llegan. ¡Caven un hueco para esconder el tesoro!”.

Pepe ha auscultado el terreno unas cinco veces con un detector de metales y solo ha encontrado partículas de hierro y más hierro. Tardó un tiempo en entender que el verdadero tesoro de la casa es la casa misma, con retratos de familiares, muebles y electrodomésticos dignos de un museo y una colección de afiches de las primeras Fiestas del Mar, además de un seriado de fotografías de las reinas y reyes del mar, expuestos como trofeos en la pared izquierda de la casa. Sin inmutarse, con un timbre de voz que contradice su avanzada edad, me hace comentarios sobre las circunstancias en que algunas reinas fueron elegidas y coronadas.

Esta de aquí fue la primera reina internacional. Diana Miers, de Estados Unidos, en 1971 —Dice Pepe señalando una de las fotos de su galería mientras se dirige a la cocina. En la cocina, el reloj se detuvo hace tiempo a las 8:00 de la mañana, un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús domina la puerta que daba al antiguo zaguán. Desde el ventanal solía verse la bahía, hoy la obstaculiza el edificio del hotel Yuldama. La belleza que aún conservan las celosías que separan el patio del resto de la casa evoca los tiempos prósperos de la familia Alzamora.

En los Virreyes

Los Alzamora han sido propietarios de Los Virreyes por más de un siglo. En 1835, su tatarabuelo, Joaquín de Mier y Benítez, dueño de la Quinta de San Pedro Alejandrino, la compró a la hija del tesorero real, María Bonifacia de Ainzuriza. Al morir Joaquín la hereda el mayor de sus cinco hijos varones: Joaquín Blas de Mier, en 1862, el cual la vende a su hermano Manuel Julián de Mier, amigo de Simón Bolívar y bisabuelo de Pepe. Después la hereda la hija de Manuel, Isabel Quintina de Mier, su abuela, y de esta pasa a su padre, el abogado Alberto Alzamora de Mier. Hoy en día, explica, los siete hermanos Alzamora-Rodríguez y sus hijos son sus propietarios, pero él es el único miembro que vive en ella.

Pese a su interesante genealogía, José “Pepe” Alzamora Rodríguez no es conocido en Santa Marta por habitar Los Virreyes sino por el hecho de ser el creador de las Fiestas del Mar, la única fiesta nacional que ha dado esta ciudad, muy presumida siempre de ser la primera fundada en el continente.

—Calicanto —regresa Pepe dando detalles sobre su particular vivienda—. Las paredes de esta casa fueron levantadas con calicanto, el mismo material con el que construyeron la Catedral Basílica de Santa Marta. Después, el tesorero la arrendó a un inglés, creo que su nombre era Charles Smith, quien le puso este cielo raso. Eso fue ya en el siglo XIX.

Como buen hombre de mar, Pepe Alzamora tiene la piel rosácea cubierta de pecas y costras blanquecinas que el sol estampó durante un cuarto siglo en sus brazos y su cuello. Su cuerpo es delgado pero ágil, lo suficientemente fuerte como para subir al techo de la casa y cambiarle una teja. Acostumbra llevar una cachucha roja que le cubre el pelo cano y amarillento. Nació con cuatro dedos en la mano izquierda, un detalle casi imperceptible, y goza de una voz firme, cálida. “Todo en él era viejo, —diría Hemingway en El viejo y el mar— salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”. Idénticas palabras podrían emplearse para completar un retrato de Pepe.

—El mar ha sido la mejor medicina del mundo —explica—: nunca me enfermé de nada. Me he salvado de la muerte 13 veces: me salvé de morir en las fauces de un tiburón en El Ancón y de la picadura de una mantarraya. Inclusive, cuando me atropelló un taxi, el 13 de diciembre de 2004, no hubo fractura alguna en mi cuerpo porque viví 25 años metido en el mar. El agua de mar ha mineralizado mis huesos.

La casa Los Virreyes funcionó como un hospedaje desde 1977, pero hace diez años Pepe suspendió el negocio. Ahora, de vez en cuando, el silencio fresco del patio de la casa se ve interrumpido cuando algún turista alquila una pieza en temporada. Un par de habitaciones sencillas, con aire muy marino, los recibe. Aunque algunos de ellos sostienen haber visto el fantasma de un militar del siglo XVIII merodeando por los pasillos, Pepe jamás ha visto a ninguno.

—Esta casa ha tenido pocas modificaciones en su estructura —prosigue—, excepto por la entrada principal, que antes quedaba frente a las escaleras; el embaldosado rojo en la terraza y una división que hice para las dos habitaciones destinadas al arriendo.

Estos cambios fueron realizados, según él, a partir de 1954 cuando murió su padre. Necesitaban una entrada económica y su madre no heredó pensión.

Pepe Alzamora nació en 1930. Hijo de Alberto Alzamora de Mier y Josefa Eloísa Rodríguez Cañón, es el menor de siete hermanos, tres varones y cuatro mujeres: Alberto, Manuel Julián, Tomasita, Isabel Quintina, Francina, María del Rosario y él; estos dos últimos los únicos sobrevivientes.

De su vida familiar en la casona Los Virreyes recuerda las clases por correspondencia que recibía de la National School, una escuela norteamericana con sede en California, de la cual se graduó como técnico en radio y televisión. También evoca sus tardes de playa nadando contra las olas de la bahía, los domingos de misa en la Iglesia San Francisco—donde su madre era la Presidenta de la Congregación de las Tres Avemarías—  y a su hermana Francina, que tocaba el piano de cola por las tardes.

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Su sueño era ser aviador de la Fuerza Aérea Colombiana. Desde que cursaba primaria en el Gimnasio Santa Marta y luego el bachillerato en el Liceo Celedón, Alzamora tenía claro su destino, o así lo creía. Al salir de la escuela se presentó a los exámenes en el Batallón Córdoba, pero le fue diagnosticado bocio. El requisito para volar era operarse, sin embargo, su madre, una mujer de fe, se opuso. Su decepción encontró cura en el mar.

En su juventud fue un destacado atleta. En 1950 participó como nadador en los VI Juegos Deportivos Nacionales de Colombia, que se realizaron en Santa Marta. Fue uno de los primeros en inaugurar la piscina olímpica, ya que los nadadores samarios no tenían otro escenario para practicar que el mar.

—La piscina más cercana para entrenar era la de la finca El Recuerdo, en la Sierra Nevada. Ningún nadador fue capaz de entrenar allí por las heladas aguas. Las otras disponibles eran las piscinas de los gringos, en Sevilla, en la zona bananera —añade.

Cuatro años más tarde, compitió en los VII Juegos Nacionales en Cali, siendo el único atleta que representó a Santa Marta. Sus fortalezas estaban en las modalidades de 100 metros espalda y 200 metros mariposa.

Pocos meses después de haberle diagnosticado bocio, un amigo le informó que necesitaban un contador en un barco. El barco hacía intercambios comerciales en los puertos de las islas de Curazao, Martinica y Cuba. Alzamora aceptó el reto. En el 55, último año de travesía por las islas del Caribe, compró un motor en Aruba para montárselo a su lancha La pulguita. Cobraba a 10 pesos la hora por subir en ella. Fue así como comenzó su comercio con el mar.

—En ese entonces, los aviones de entrenamiento de la Fuerza Aérea Colombiana eran los T33, que cada mes se estrellaban contra los cerros de Cali. Por eso digo que no hay mal que por bien no venga. El bocio y el mar me salvaron la vida.

Así nació el Rodadero

Pepe tuvo la oportunidad de ser amigo del general Rafael Hernández Pardo, gobernador del Magdalena durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957). Todas las tardes se encontraban en la bahía, entre la 1:00 y 2:00 p.m., para charlar sobre su pasión por las playas de Santa Marta.

Cuenta Pepe que El Rodadero nació gracias a las manchas de aceite que dejaban las máquinas del ferrocarril en la bahía de Santa Marta al momento de hacerles el mantenimiento. Era necesario buscar otro balneario para los turistas.

—El General vivía muy preocupado por esta situación. Una vez me dijo: “Mire, amigo Pepe, lo peor que pudieron haber hecho los samarios fue permitir que construyeran un muelle en plena bahía. Un muelle es sinónimo de suciedad, de marinos borrachos, de prostitución. El muelle debieron hacerlo en otro lugar”.

El general Hernández Pardo tenía el propósito de conocer todas las playas de Santa Marta para proyectar una de ellas como balneario turístico. Eso le dijo una tarde a Pepe, y quince días después ya tenía en la mira una playa en el actual sector de El Rodadero. El único inconveniente era Joaquín Bohórquez Rubio, secretario del Banco Comercial Antioqueño, que había cercado las playas del futuro balneario.

El General pasó una notificación al secretario para anunciarle que en 48 horas estaría metiendo maquinaria pesada para derribar las cercas y empezar a planificar la urbanización de El Rodadero, y así fue.

Pepe vuelve a sentarse en la terraza de su casa, cruza las piernas y brazos para contar este episodio de la vida de Santa Marta. Lleva puesto un pantalón gris remangado y calza unas chancletas con medias azul turquí. Su aspecto contradice la dignidad con la que se expresa.

—En el año 57 construyen el Hotel Tamacá. Le decían “el elefante blanco” porque era un edificio tan grande en medio de tanto monte que parecía de mentira —sostiene.

Con la construcción de la carretera que une a Santa Marta con El Rodadero, a través del cerro Ziruma, nace en 1954 un balneario turístico que, hasta los años noventa, fue uno de los lugares más visitados de Colombia. Hoy sigue siendo muy visitado, pero se debate entre el descuido, las sancocherías en las esquinas y las aguas negras pudriéndose en sus estrechas calles.

Una fiesta para Santa Marta

A Pepe siempre le ha gustado pensar en grande. Podría decirse que de tanto contemplar el horizonte del mar, su mente no concibe las fronteras. Se detiene unos segundos para sorber un tinto de 500 pesos y continúa diciendo:

—En el 57 leí en la Revista Zona Bananera que Santa Marta debía organizar sus fiestas del banano. ¿Fiestas del banano en Santa Marta? Lo más lógico es que las hagan en Ciénaga, por ser el corazón de la Zona Bananera, pero aquí en Santa Marta lo que debemos explotar deportiva y náuticamente es la bahía.

Un sábado, caminando por la playa, vio que un grupo de jóvenes gritaban entusiasmados: nadaban en el mar compitiendo por llegar más rápido hasta cierto punto. Se les acercó una vez terminaron su contienda para preguntarles si querían pertenecer a un club de natación. Los chicos aceptaron.

Creó dos equipos: Tiburones y Delfines, y organizó una primera competición. Alquiló un equipo de sonido para leer por altavoz la ficha técnica de la competición y amenizar el show deportivo con la música de moda. Esas primeras fiestas náuticas en Santa Marta fueron a ritmo de boleros de “Lucho” Gatica, la voz que cantaba los éxitos “Reloj no marques las horas”, “Contigo en la distancia”, “Tú me acostumbraste”, etc.

En la categoría de 100 y 400, metros el primer lugar fue Rubén Parody, seguido por Jaime González, y el tercer lugar lo ocupó un chico de 16 años, estudiante del Gimnasio Santa Marta, de nombre Jaime Bateman Cayón.

—Ni la menor idea de que iba a ser líder de la guerrilla del M19 a la vuelta de veinte años. El flacucho dio un vuelco total —agrega Pepe, con un gesto de incredulidad y extrañeza 61 años después.

No es para menos, Jaime Bateman Cayón, recordado como “El Flaco” Bateman, amigo de Fidel Castro e ideólogo de una de las guerrillas más contundentes que ha tenido el país, sorprendió a una sociedad samaria ultraconservadora y de pasado realista que, sin explicarse cómo un guerrillero surgió de su seno, insiste en desplazarlo de las páginas de su historia.

Pepe continúa contándome que, gracias a su amistad con los administradores de los teatros de la ciudad, los premios para los ganadores eran entradas a las funciones en las salas de los teatros Santa Marta, La Morita y Variedades.

Esa primera competición náutica, celebrada en la bahía de Santa Marta, sería la semilla de las Fiestas del Mar.

Conspiraciones milagrosas

El evento terminó. Pepe Alzamora, con micrófono en mano, despedía al público y los invitaba a las competencias del próximo año. Un hombre, que había estado observando muy atento la dinámica de las competencias náuticas, se acercó a felicitarlo. Era el nuevo capitán de puerto, su nombre Francisco Ospina Navia. Recordado por los samarios como “El Capi”, compartieron desde esa tarde-noche su pasión por las actividades náuticas. Después de una extensa charla frente a la bahía, mientras los espectadores se retiraban del evento, acordaron volverse a ver.

—Yo le dije: “Bien, ¿ve aquella casa de techo de dos aguas? Allá vivo yo” —le explicó.

Los vientos alisios de enero se arremolinan en el patio trayendo otra capa de polvo sobre los viejos muebles de Los Virreyes, mientras Pepe, terminando de saborear las últimas gotas de su tinto, se transporta a esas tardes en las que, junto a “El Capi”, compartían, en la terraza donde estamos, las experiencias y anécdotas vividas y sufridas en altamar.

En la misma terraza, ellos darían forma al Festival Acuático Nacional, celebrado el 12 de octubre de 1958. El periódico El Informador, que tenía tres meses de haber sido inaugurado, dedicó tres páginas al evento. La nota sirvió para que el periodista y empresario del sector turístico, Emilio J. Bermúdez, regresara de Bogotá entusiasmado con la idea de oficializar las fiestas, pues su primo, Pedro Bermúdez Cañizales, era el gobernador del Magdalena y con él podría ser más fácil conseguir tal propósito.

El gobernador les dio el aval, la única condición era conseguir un local para montar la oficina de turismo del departamento. Se suponía que conseguir un local era más fácil que oficializar las fiestas pero, a finales de los años cincuenta, el departamento pasaba por una crisis económica y fiscal que ahuyentaba a la empresa privada.

El señor Luis Gámez tenía un local perfecto frente a la bahía que estaba siendo desocupado cuando Pepe Alzamora pasó por el lugar una tarde. Como era de esperarse, Gámez puso el grito en el cielo en cuanto Pepe le planteó la idea, a la mañana siguiente, de alquilarle el negocio para colocar la oficina de turismo. Lo acompañaba en la diligencia Emilio J. Bermúdez, quien había pasado por él a las cinco de la mañana. La gobernación le debía cientos de facturas al señor Gámez por concepto de hospedaje y alimentación en su hotel. La última oportunidad de conseguir un local se vino al suelo.

—¡En Santa Marta no se puede hacer un carajo! —Gritó Emilio J. Bermúdez al salir del local—. Olvídate de tus Fiestas del Mar, Pepe, yo me regreso a Bogotá.

Caminando de regreso a Los Virreyes, decepcionado, se le ocurrió llegar a la casa de sus primas Carmencita, Francina Alzamora y Cecilia Abondano Alzamora. Fue directo al grano. Les  pidió el favor de convencer al dueño del local de alquilarlo para la oficina de turismo. Al día siguiente, Pepe Alzamora, haciendo gala de su sentido del humor, le dijo a Luis Gámez que Poseidón le había hablado desde la profundidad de los mares para encomendarle la celebración de las Fiestas de Mar y que, para ayudarlo en su tarea, le envió tres hermosas sirenas. Acto seguido: sus primas entraron a la oficina del señor Gámez, en su hotelito, y le dieron un beso cada una en el cachete.

—Así no se vale, Pepe —expresó Luis Gámez sonreído después de que las tres sirenas dieran el beso del milagro.

Retirado de las Fiestas del Mar

Al año siguiente, en el 59, del 26 al 29 de julio, se celebró la primera Fiesta del Mar oficial. Se eligió esa semana para ajustarla a la fecha de fundación de la ciudad: un 29 de julio de 1525, cuando Rodrigo de Bastidas bautizó estas tierras.

En esta primera versión de las fiestas hubo competencias de natación, esquí acuático, regata de remos y salto de rampas. Pepe igualmente se ideó dos concursos: el duelo entre piratas y la búsqueda del tesoro de Neptuno. Para involucrar a las comunidades vecinas promovió una competencia de pesca entre los pescadores artesanales de Taganga, Santa Marta, Gaira y Pueblo Viejo. Y como la fiesta fue pensada como vitrina turística, montaron una tarima frente al Hotel Tayrona, donde hoy funcionan las oficinas de la gobernación del Magdalena, para presentar espectáculos musicales, danzas y el evento de coronación de la Reina del Mar.

Por cierto —recuerda Pepe— la primera reina fue mi prima Francina Méndez Alzamora, elegida por ser la mejor esquiadora acuática. La segunda, al año siguiente, fue una barranquillera, Lilia Arévalo Duncan.

Pepe Alzamora recuerda el espectáculo de las Fiestas del Mar de 1960. Lilia, como una perla brillante sentada en un trono con forma de concha marina, y Francina, con su traje de baño de una sola pieza muy de la época, estampado con escamas de sirena, cediéndole su corona a la nueva emperatriz de los mares. El espectáculo de la coronación y el colorido de las competencias marinas lograron llamar la atención de la prensa y las empresas del país en pocos años.

Las Fiestas del Mar se posicionaron nacional e internacionalmente. En 1971 candidatas de República Dominicana, México, Costa Rica, Venezuela, Panamá, Estados Unidos, entre otros países de América, participaron en el Primer Reinado Internacional del Mar. El requisito para toda participante era ser buena deportista. La belleza y el carisma vendrían por añadidura.

Pepe estuvo al frente de las fiestas desde 1959 hasta el año 2003, y volvió a participar en la organización de la fiesta de 2009, para los 50 años del certamen.

—Me retiré por la corrupción que vi dentro las últimas organizaciones de las Fiestas del Mar —confiesa—, porque llegué a toparme con ciertos personajes como un tal Elías George, una tal Sara Caballero, quienes cambiaron las reglas de juego. Me di cuenta que bajaban los porcentajes de las competencias náuticas para favorecer a candidatas muy bonitas y bien patrocinadas. Las fiestas las sacaron del mar para llevar a los salones y las pasarelas. Acabaron así con el certamen.

A Pepe Alzamora se le crecieron las fiestas, un hecho que no pudo controlar. Detrás de los mandatos del dios Neptuno fueron llegando los grupos musicales, los espectáculos con tarima, las casetas con pick ups en los barrios, las ferias artesanales, las ventas de fritanga y licor en cada esquina, las comparsas improvisadas y las caravanas de carros. Las Fiestas del Mar fueron adoptadas por el pueblo samario que las celebró como su propio carnaval, algo que para Pepe desvirtuó la idea original.

—La experiencia me dice que la palabra fiesta nos dañó la verdadera fiesta del mar  —comenta Alzamora descontento—, en el sentido que todo es trago de punta a punta. Como no hay un reglamento técnico preciso, parece que a los deportistas les importara un comino ganar o no, porque no hay un reconocimiento de marca. Esa es la parte negativa, las fiestas están dañando las fiestas náuticas.

Pepe sostiene que las Fiestas del Mar se desvirtuaron porque nunca llegaron a ser tecnificadas, algo de lo cual se arrepiente no haber hecho.

—Sin señalización en la bahía para registrar marca, los deportistas vienen a participar de una fiesta, no a competir —agrega.

Las últimas versiones de las Fiestas del Mar se volvieron tan contagiosas que hasta ha tenido un reinado alternativo de reinas populares del mar, donde los barrios y sectores de Santa Marta eligen a su reina para competir en deportes, simpatía y belleza. En la alcaldía de Carlos Caicedo, las candidatas pasaron de denominarse reinas del mar a capitanas del mar, en un intento por volver a la tradición deportiva de estas festividades.

Pepe Alzamora advirtió los cambios de las Fiestas del Mar en varios medios locales y regionales durante varios años, pero nunca fue escuchado. Finalmente, prefirió guardar silencio y esperar que las cosas en Santa Marta cambiaran. Sin embargo, después de más de siete años, las cosas, según él mismo dice, empeoran.

—Estaba pensando que esto iba a mejorar, pero lo único que veo es que aumenta la corrupción y eso me ha decepcionado totalmente. La máxima capacidad mía es ahora. Si hubiera tenido la experiencia que tengo en estos momentos, a mis avanzados años, las Fiestas del Mar no hubieran nacido —confiesa sin ocultar su insatisfacción.

Convencido de empezar una nueva vida en Europa, ha puesto en venta Los Virreyes y piensa mudarse a Cataluña, España, la tierra de origen de la familia Alzamora. Desde allá quiere organizar el Reinado Mundial de los Mares The World Reing of the Sea. Un proyecto fuera de serie según él mismo expresa.

—Lo más probable es que me vaya —dice Pepe Alzamora con mucha convicción. Ya he registrado el Reinado Mundial de los Mares en Brasil y en España. Tengo propuestas de algunos compradores de la casa. La estamos regalando en 900 millones. El valor exacto de esta casa es 1.500 millones; el solo lote vale 1000 millones.

El mar enfermó

No solo desmejoró la tradición de las fiestas sino también la salud del mar, el rey de la fiesta. A Pepe Alzamora le preocupa el estado de contaminación de las aguas del mar de Santa Marta. Observa la contaminación como producto de un emisario submarino ineficiente y un descontrolado crecimiento poblacional.

—Como hombre de mar que soy, sugiero que construyan un nuevo emisario submarino. La actual tubería no da abasto para una ciudad que cada vez tiene más gente. Deben detener la construcción de tantos edificios. Si esto sigue así lo que se viene para Santa Marta será horrible.

Si bien es cierto que desde el 2012 la administración ha priorizado la actividad deportiva en las Fiestas, las playas de la bahía de Santa Marta y El Rodadero no son las mismas. El transporte de carbón por los puertos de Santa Marta y de Ciénaga ha contribuido al deterioro de las mismas, además de la contaminación por aguas servidas.

—Yo me negué a participaren las fiestas que organizó Caicedo porque no quise organizar unas fiestas que ponen en riesgo la salud de los nadadores en una bahía que huele a mierda. Yo me retiré del mar, no someteré mi conciencia. Primero arreglen el problema de las aguas negras y después hablamos.

Ha dejado que Santa Marta viva su suerte. Hace tiempo renunció a quejarse en las emisoras locales. Se ha resignado, como otros de su generación, a aceptar que las cosas en Santa Marta marchen mal y a esperar las buenas rachas. Así ha aceptado también, de mala gana, que la calle en la que creció, una de las más prestigiosas y elegantes en la época del boom bananero, sea hoy en día un callejón de poca monta en el que pululan las putas y los vendedores de droga.

Convencido de que a su edad es más fácil empezar de cero, se sienta en el mecedor de su terraza a leer la prensa y a dar forma a sus ambiciosos proyectos, sin importarle ya que algún drogadicto pase dejando una estela de olor a marihuana frente a su casa o que el vendedor de tintos de la esquina interrumpa sus elucubraciones gritándole ¡Ey qué, Virrey!

José Alzamora vive tranquilo mientras cuenta los días que le quedan en Santa Marta en su casa vieja. De pensamiento conservador, sin pelos en la lengua, Pepe siempre ha tenido claro que, diga lo que diga, nunca podrá vivir separado del mar.

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