El dilema y el reto

Por:Guillermo Linero Montes|

Todos contra todos, en un festín de ofensas donde, hasta la fecha, no parece existir solución alguna. Foto tomada de @prensagrafica

Si bien, pareciera atrevido decir que en Colombia, en el presente político social, nos está dominando el odio, lo cierto es que la división de opiniones acerca de cuanto tema político surge, así lo demuestra.

En nuestro país siempre nos hemos dividido en dos bandos irreconciliables. Primero fue entre federalistas y centralistas, después entre liberales y conservadores, y seguidamente entre estos y los movimientos de izquierda comunista; pero nunca, en ninguna de esas pugnas había actuado masivamente el ciudadano. Quienes participaban lo hacían en calidad de carne de cañón: engañados o esclavizados. Las confrontaciones, por entonces, casi eran de carácter individual, o mejor, ocurrían entre los intereses de unas minorías y los de otra opuesta, casi siempre un solo gobernante y sus aliados; pero en la realidad, el pueblo de la base de nada se enteraba, nada entendía y nadie les informaba.

No obstante, hoy es diferente, porque esa pugna entre bandos de poder, orientados por líderes políticos, ya no es entre minorías, sino, tal y como lo develaron las últimas elecciones presidenciales, ahora es entre mayorías. Quizás por primera vez estamos viviendo una seria división política, en términos de colectividad, y en efecto lógico nos está ocurriendo lo mismo que al mundo, están ascendiendo las ideas de ultra derecha, y las de extrema izquierda han desdibujado sus ideales.

Con todo, ahora el asunto es más grave, porque en el presente, además de los líderes políticos naturales, pesan también las opiniones de cientos de anónimos que desde las redes sociales mueven opinión y mueven pasiones. El odio generalizado pareciera haberse tornado en una suerte de moda para obnubilados, de tal suerte que:

En Colombia, ser de derecha es vergonzante; porque serlo, eso interpretan los intolerantes, significa que por tus ambiciones económicas has estado en malas andanzas. Significa que no soportas a las minorías, y que odias a quienes piensan distinto a ti, sin darte ni siquiera explicaciones a ti mismo. Ser de derecha en Colombia, significa que detestas a los pobres y que te gustaría ver a los izquierdistas, a los socialistas y a los comunistas, quemándose en el infierno junto a Fidel Castro, Hugo Chaves  y  García Márquez. En Colombia, si eres de derecha, eso es suficiente para saber que has colaborado con los paramilitares, y que te ha importado si ellos, para hacer sus masacres, hayan usado o no los predios de tu inmensa propiedad. Si eres de derecha, indefectiblemente compras a los jueces; y cuando borracho matas a un pobre con tu carro de alta gama, no respondes ante la justicia, pues te libras de la autoridad diciendo: “Usted no sabe quién soy yo”. Si eres de derecha, de los cientos de millones de pesos que el gobierno dispone para la alimentación y la salud de los niños, bien podrías quedarte con el 70 por ciento; porque con el 30 restante alcanza para alimentar a quienes puede dárseles harina para cerdos o granos para gallinas. Si eres de derecha, te gusta la política afín a los partidos tradicionales; es decir, con un largo prontuario de corruptela, porque tu única ambición es el poder. Si eres un político de derecha, eres inevitablemente un perverso sin escrúpulos: un vil hampón. Si en esencia eres de extrema derecha, no te gusta la paz porque vives de la guerra. En Colombia, ser todo eso es ser uribista.

Pero, ser de izquierda, resulta igualmente vergonzante; porque ser izquierdista en Colombia significa, para los intolerantes, que eres cómplice de los guerrilleros, que amparas a quienes violan menores y secuestran personas. Si eres de izquierda, se deduce indefectiblemente, que te gusta odiar a los ricos sin importarte si estos hicieron su fortuna con licitud; porque para ti quien tenga dinero es enemigo natural de la causa. Si eres de izquierda, significa que no te gustan las políticas corruptas de los partidos tradicionales; pero te parecen bien las de los sindicalistas –que a la final siempre se quedan ellos solos con las prebendas- y prefieres las estrategias políticas de los profesores de colegios, porque tuercen angelitos con sus influencias ideológicas. Si eres de izquierda, eso quiere decir que tienes alianzas con los narcotraficantes y te parece bueno el saboteo, las marchas y todo lo que implique la anarquía social. Si perteneces a la izquierda, eres vago y financias tus parrandas con las ganancias que producen las ONGs. Si eres de izquierda, dirás no gustar de la guerra; pero los grupos armados luchan con las banderas de tu ideología. En Colombia, ser todo eso es ser Castro-chavista.

Pero; si no eres de izquierda ni de derecha, si no eres uribista ni castro-chavista, entonces eres, para los intolerantes, un simple imbécil, “el perfecto idiota latinoamericano”: un tibio. Si fueras tibio, serías una suerte de bobo vivo, que se pasea de bando en bando, escarbando con la indiferencia de una gallina: en un bando conseguirías granos de oro para tu consumo, y en el otro piedrecillas para triturarlos.

Si eres rico en Colombia, eso piensan los intolerantes, es porque robaste un banco; o por traquetismo o testaferrato; o porque a cambio de tu labor de sapo, recibes un pago mensual clandestino, así sea que luzcas tus informes con falsos positivos. Si eres rico, no te gusta ver escuelas donde puedan entrar niños pobres a formarse como si fueran ricos. Si tuvieras dinero, no pensarías sino en las camionetas de ruedas anchas, en la ropa de marca y en las fiestas donde la música no existe, excepto en su forma de parranda folclórica, con manías y malas maneras telúricas.

Si eres pobre, así piensan los intolerantes, es porque eres un vago y no has querido trabajar, y porque te has resistido a seguir los preceptos que te dictan las normas sociales, las católicas y las cristianas; o porque no obedeces a tu conciencia de derecha y te la das de izquierdista o de artista. Si eres pobre en Colombia, es porque no has entendido qué es una cosa o qué la otra.

En Colombia, la intolerancia nos hace hipócritas. Para sobrevivir en un mundo tan salvaje, quien no cambie de color es engullido inmediatamente. Por eso hay políticos exguerrilleros, de férrea línea izquierdista, militando en partidos de extrema derecha y viceversa. Y quien no establezca su cerco de seguridad –que va por estrato social desde una navaja hasta un cañón- corre el riesgo de caer en las trampas de su coterráneo enemigo. Por eso los ricos, excepto que estén en el contexto de sus viviendas o en sus clubes, salen a pasear asumiendo un bajo perfil, disfrazándose de pobres emprendedores; y por eso mismo, los auténticos pobres, que son vagos por naturaleza, asumen un alto perfil, y salen a pasear con hambre y con la frente en alto.

Y así, con el mismo odio, se enfrentan católicos y ateos, artistas y emprendedores, vecinos y compadres, primos y hermanos. Todos contra todos, en un festín de ofensas donde, hasta la fecha, no parece existir solución alguna. Ni siquiera es aplicable la llamada “resistencia civil” que, siendo un mecanismo de reorganización social fundado en el respeto por el contrario, fue concebido para que la colectividad decidiera sobre la base de la “libre determinación de los pueblos”, y para que pudiera oponerse a su adversario u opresor. Pero, cuando la colectividad tiene como adversario a la misma colectividad ¿qué hacer? Ese es el dilema y ese es el reto.

observatorionacionaldecolombia.co

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