Desnutrición infantil en el Cesar: por qué la falta de agua también amenaza el bienestar

La desnutrición infantil no depende únicamente de la cantidad de alimentos que consume un niño. En territorios donde las altas temperaturas, la sequía y las dificultades para acceder a agua segura afectan a las familias, las enfermedades infecciosas y las diarreas pueden agravar el deterioro nutricional de los menores.
“Tenemos que dejar de mirar la desnutrición solamente como un problema alimentario. Un niño puede tener alimentos y aun así deteriorarse nutricionalmente si tiene diarreas repetidas, infecciones, agua insegura o dificultades para absorber los nutrientes”, explica Yesenia Quintero, directora del programa de Enfermería de Areandina, sede Valledupar.
En las comunidades rurales, el personal de enfermería cumple un papel fundamental en la detección temprana. La valoración de peso, talla y otros indicadores permite identificar pérdidas de peso y alteraciones en el crecimiento, mientras que la vigilancia de diarreas y signos de deshidratación ayuda a prevenir complicaciones. A esto se suman la educación sobre agua segura, lavado de manos, manipulación de alimentos, lactancia materna, alimentación complementaria y vacunación.
Sin embargo, la atención sanitaria tiene límites cuando existen problemas estructurales. “El personal de enfermería no puede solucionar el problema del agua de una comunidad”, advierte Quintero. Por eso, la respuesta requiere articulación entre salud, servicios públicos, infraestructura, educación, autoridades locales y comunidad.
La detección también debe ocurrir antes de que un menor llegue a presentar una desnutrición severa. En las consultas de crecimiento y desarrollo es necesario observar no solo el peso y la talla, sino también cómo está comiendo el niño, si presenta enfermedades, edema o antecedentes de desnutrición, cómo es la alimentación familiar y si existen dificultades para acceder al agua o regresar a los controles.
El seguimiento posterior a la recuperación es otro punto crítico. Una recaída no debería explicarse únicamente como un incumplimiento de los cuidadores. Factores como el acceso a alimentos, agua segura, transporte, servicios de salud y controles oportunos pueden determinar que un niño vuelva a enfermar.
“La recuperación nutricional no debería ser el punto final, debería ser el comienzo de una etapa de vigilancia para evitar la recaída”, señala la docente. Desde la enfermería comunitaria, esto implica mantener el seguimiento y conocer qué ocurrió después del tratamiento.
En el entorno escolar también existen oportunidades para detectar señales de alerta. Bajo peso, pérdida de peso, crecimiento inadecuado, palidez, cansancio, dificultades de concentración, bajo rendimiento o una alimentación poco variada pueden justificar una valoración nutricional y, cuando corresponda, atención médica y exámenes.
En este escenario, el Programa de Alimentación Escolar puede entenderse como algo más que la entrega de alimentos: debe articularse con la familia, el seguimiento del crecimiento y desarrollo, la salud escolar y la atención primaria.
La prevención comienza incluso antes del nacimiento. Durante el embarazo, el control prenatal, la prevención y manejo de la anemia, una alimentación adecuada y la preparación para la lactancia son fundamentales. Después del nacimiento, el acompañamiento a la lactancia, la vacunación, la prevención de infecciones y el seguimiento del crecimiento adquieren especial importancia.
Para Quintero, estas acciones deben considerar las condiciones reales del territorio. “Una madre puede recibir una excelente orientación en consulta, pero si después vuelve a una comunidad donde hay dificultades de agua, alimentos, transporte o acceso permanente al servicio de salud, la recomendación por sí sola no resuelve el problema”.
Por eso, frente al riesgo de desnutrición infantil, la enfermería no solo atiende al niño: también identifica las condiciones familiares y territoriales que pueden determinar su salud.



