Columnistas

Santa Marta es una lánguida y cálida aldea sin dolientes…

Por: Óscar Cormane Saumett | Desde mi silla de ruedas |

Las ciudades de todo el mundo crecen y se modifican, y con ellas, la gente. Lo ideal es que siempre los cambios urbanos sean para mejorar. Que las ciudades sean más amigables y no la selva de cemento de que tanto se ha hablado y escrito, en especial para discapacitados como yo. Pero en el caso de nuestra ciudad, esa aspiración es lo más parecido a un sueño.

La ciudad como tema, es cada día un tópico más y más cotidiano. Movimientos ciudadanos, gentrificación, parques, espacios públicos y ciclovías, son demostraciones de que nos gusta vivir en la ciudad, y cada día nos sentimos de alguna manera, más identificados con el lugar donde vivimos. Pero a decir verdad, poco  trabajamos para que estos sean espacios más vivibles

Estamos sometidos a la inseguridad, al ruido, la agresividad, la irritabilidad de propios y extraños, de los choferes, de mototaxistas, y de toda suerte de sobrevivientes de la explosión urbana que vivimos. Y la verdad es que no se advierte por ahora, que esa tendencia a la degradación del medio urbano se detenga. Nuevos negocios se instalan en cualquier esquina, rincón, calle, avenida, barrio, urbanización o sector, sin considerar las normas de convivencia en espacios territoriales, que se suponen bajo un ordenamiento legal.

Es como si la ciudad no le doliera a nadie, y Santa Marta no lo merece. Es tiempo de que la autoridad imponga reglas, según  un plan urbano, de habitabilidad y convivencia, que involucre al Distrito, entidades medio ambientalistas, Policía, Salud Pública y a la propia ciudadanía, que siente que le están robando sus espacios y sus vidas

Es fácil observar cómo los andenes están reservados para el estacionamiento de vehículos de toda clase,  a más de los variopintos  negocios que pululan en el centro y en otras zonas de la ciudad.

¿Quién controla en la ciudad  estos desafueros? Nadie. Los funcionarios y entidades de más alto rango distrital dedican sus esfuerzos a debatir sobre temas relacionados con reinitas de barrios y soberanas de pacotilla, en la que también involucran a un cantante en franca decadencia y pleno de ingratitud por su tierra, que acostumbra a dar sospechosos brinquitos en tarima.

Otro hecho para comentar es la contaminación ambiental ocasionada por el ruido generado por equipos que funcionan todo el día en diversas obras y establecimientos comerciales.

La ciudad sigue en un deterioro progresivo.  Pareciera que este tipo de lamentable cultura se está imponiendo y la gente se está acostumbrando a convivir con la misma.

¡Qué triste ver a Santa Marta abandonada a la buena de Dios!  Quisiéramos verla refulgente de esplendor, limpia, cívica, organizada, pujante, llena de trabajadores satisfechos, de parroquianos sonrientes…

Es incomprensible oír a nuestros dirigentes hablar sobre  potencial turístico y otras huevonadas que representan a la ciudad. De las blancas fachadas coloniales, ya nada queda. Han sido convertidas en murales del vandalismo. El llamado Centro Histórico es una auténtica y costosa guarida de indigentes y malhechores, de vicio, de basura, realmente  olvidado y dejado a merced de culebreros y demás personajes pintorescos, sin un mínimo sentido de pertenencia.

La Plaza de la  Catedral y las inmediaciones del Teatro Santa Marta, -con la tácita aquiescencia de las autoridades- han sido  convertidas en una gigantesca, inmunda y horrenda plazoleta de comidas populares, preparadas en lamentables condiciones de higiene, a donde además del numeroso público, concurren cada noche, delincuentes y prostitutas, en busca de concretar sus respectivos ‘negocios’.

¡Coño! ¿Hasta cuándo será esta joda?

 

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