
Por: Carlos Varón|
Mi adolescencia estuvo marcada por la belle époque del banano, por esos años en los que Santa Marta tenía otro ritmo y otra elegancia. Todavía tengo grabados en la memoria los atardeceres en el camellón de la bahía, la pista de patinaje y esa galantería que caracterizaba a los muchachos de mi generación.
Nosotros salíamos bien vestidos, de lino y sombrero, porque así se iba a enamorar. Las muchachas llegaban con sus trajecitos de muselina y sombreros de ala ancha, siempre muy elegantes, aunque con una regla clara: solo podían quedarse hasta las seis de la tarde. El sitio donde todos coincidíamos era el hoy desaparecido Club Balneario, que quedaba en la carrera primera, sobre el malecón, justo en los límites de lo que hoy son las instalaciones de la Sociedad Portuaria de Santa Marta.
“Los bañitos eran de estilo cubano, muy bonitos. Tenían una especie de camarotes para bañarse. Había restaurantes, heladerías y bares frente al mar”.
En una ciudad que tenía pocos atractivos turísticos, el Club Balneario era lo más moderno, lo más comentado, lo más fino. Era una infraestructura imponente, de la que hoy solo quedan viejas fotografías de archivo, porque tuvo que ser demolida para ampliar el puerto marítimo de Santa Marta. Ese club lo había construido en 1930 la familia Dávila-Riascos, pero en 1949, cuando Mariano Ospina Pérez era presidente de Colombia, el ministro de Industria y Comercio, Jorge Leiva, vino personalmente a supervisar su demolición.
“Recuerdo que el ministro dijo: ‘Voy a Fundación en tren; de regreso, este balneario debe estar tumbado’. A su regreso lo habían demolido. Nos quedó solo la Estación del Ferrocarril, que era el centro de la vida económica de la ciudad”.
De todos mis recuerdos del Club Balneario, hay uno que resalto con especial cariño: la pista de patinaje. Para los de mi generación, ese fue un escenario fundamental. Allí se mezclaban la música, la moda y el boom de los patines, marcando la belleza de los soñados años cincuenta, cuando la reanudación del negocio bananero le devolvió un nuevo aire a la aristocracia samaria. Fue la última etapa de aquella bruselitis que, a comienzos de los setenta, terminó sepultada por la fiebre de las Rangers y los gatillos, esos instrumentos mortales de la Bonanza Marimbera.
“Ombe, Santa Marta era mejor antes. La sociedad era muy pacata; sí, pero muy sana. Uno iba a charlar con las amigas en el camellón. Ellas lucían sus mejores trajes. Todo era muy diferente, nos tratábamos con mucho respeto. Los hombres nos quitábamos el sombrero para saludarlas”.
En esos tiempos, Santa Marta era conocida como la ciudad de los pianos. Mientras nosotros nos lucíamos en los patines, las mujeres tocaban por las tardes un piano de cola en sus casas, y la ciudad se llenaba de música y calma.
“Pero eso ya no volverá más —agrego— acabaron con el balneario y también con el barrio El Ancón y con Taganguilla, que eran tan bonitos que la vez que fuimos a Capri, Italia, dijimos que El Ancón era más hermoso”.
Y así lo digo, ya algo fatigado, pero con la mente y el cuerpo todavía viajando a aquellas vacaciones europeas de 1936, cuando todo parecía eterno y Santa Marta era, sin duda, un lugar distinto.



