Magdalena
La historia de Montealegre y Palo Negro donde sembrar, volvió a ser posible
En Pijiño del Carmen, 1.300 hectáreas entregadas por la Agencia Nacional de Tierras hoy se transforman en cultivos de maíz, yuca y popocho gracias al trabajo de familias campesinas que lucharon más de 15 años por una tierra propia. Aunque enfrentan malas vías, sequía y aislamiento, los campesinos de Montealegre y Palo Negro siguen trabajando la tierra con esfuerzo y dignidad, demostrando que la esperanza también se cultiva.

A 52 kilómetros del casco urbano de Pijiño del Carmen, la carretera deja de parecer un camino y se convierte en una prueba de resistencia. En verano, el polvo se levanta como una nube espesa que se pega a la piel; en invierno, el barro manda y decide quién logra pasar y quién debe devolverse. Más allá de donde terminan las rutas fáciles y comienza el silencio del campo profundo, aparece el predio Montealegre y Palo Negro: 1.300 hectáreas que durante años fueron abandono, monte cerrado y tierra olvidada. Hoy, en cambio, son esperanza sembrada.
Allí donde antes sólo crecían maleza y árboles salvajes, ahora se escucha el sonido constante del machete abriendo camino, el murmullo del maíz movido por el viento y las voces de hombres y mujeres que decidieron quedarse para empezar de nuevo. La entrega oficial de estas tierras por parte de la Agencia Nacional de Tierras marcó un antes y un después para decenas de familias campesinas que durante más de quince años caminaron detrás de una oportunidad. De las 1.300 hectáreas adjudicadas, cerca de un centenar quedaron destinadas a reserva, mientras el resto fue distribuido en parcelas de 16 hectáreas por familia. No se trató únicamente de dividir tierra; fue devolverle dignidad al campesino y darles sentido a años enteros de espera.
José Ignacio Castro habla de este proceso con la serenidad de quien conoce la lucha desde adentro. Su voz no transmite triunfalismo, sino memoria. “Esto antes era puro monte, pura montaña. Aquí no había nada, pero las ganas de trabajar pudieron más”, dice mientras observa las parcelas que poco a poco empiezan a producir. José Ignacio no es solamente el presidente de la asociación campesina; es también el símbolo de una resistencia silenciosa construida entre trámites, promesas incumplidas y jornadas interminables buscando una tierra propia.
Hoy, cada surco sembrado parece llevar parte de esa historia.
Montealegre y Palo Negro comenzaron a cambiar de color. Donde antes predominaba el verde oscuro de la selva abandonada, ahora aparecen cultivos de yuca, maíz y guineo. Cada familia ha sembrado aproximadamente dos hectáreas de yuca y una de maíz, sumando cerca de 200 hectáreas cultivadas gracias al trabajo colectivo y al esfuerzo diario. En las zonas bajas del predio también crecen unas 40 hectáreas de “popocho”, un tipo de guineo que en la región se adapta con fuerza al terreno. Todo lo que producen, por ahora, es principalmente para el consumo de las mismas familias. Porque en este rincón del Magdalena el problema no es únicamente sembrar; el verdadero desafío es sacar la cosecha.
La vía que conecta el predio con el municipio sigue siendo una herida abierta. Cuando llueve, el camino prácticamente desaparece bajo el barro. Cuando el verano arrecia, el suelo se rompe y el polvo cubre todo. No existen garantías permanentes ni transporte adecuado. Los campesinos deben sacar sus productos en mula, avanzando lentamente por trochas difíciles. A eso se suma otro enemigo silencioso: la falta de agua. Las lluvias son escasas y el acceso a sistemas de riego es limitado, obligando a las familias a depender casi exclusivamente de lo que la naturaleza quiera concederles.
Sin embargo, lo ocurrido en Montealegre y Palo Negro va mucho más allá de una simple adjudicación de tierras. Es una reconstrucción humana. Cuando las familias llegaron, el predio estaba completamente abandonado. No había caminos internos, zonas productivas ni infraestructura básica. La vegetación lo había cubierto todo. Muchos lo llamaban “tierra perdida”. Hoy esa misma tierra tiene nombre, propósito y sentido colectivo. Las parcelas dejaron de ser simples hectáreas para convertirse en proyectos de vida, en espacios donde los hijos pueden crecer viendo a sus padres trabajar algo propio.
José Ignacio sonríe poco, pero en sus ojos se alcanza a notar la tranquilidad de quien, después de tantos años, siente que al fin dejó de andar sin rumbo. “Ya tenemos lo nuestro, ya tenemos donde trabajar”, dice con sencillez. Y en esa frase cabe toda la historia: la espera, la frustración, el cansancio y también la resistencia. La comunidad reconoce el acompañamiento de la Agencia Nacional de Tierras y agradece el paso dado, aunque sabe que el camino apenas comienza. Porque la tierra sola no resuelve el abandono histórico; hacen falta vías, agua, apoyo técnico y oportunidades para comercializar lo que producen.
Montealegre y Palo Negro no es una historia perfecta. Aquí no hay romanticismo ni discursos vacíos. Hay barro, aislamiento, sequía y dificultades reales. Pero también hay algo profundamente poderoso: campesinos organizados que decidieron no rendirse. Después de quince años de lucha, las familias de Pijiño del Carmen ya no están pidiendo tierra. Ahora la están trabajando. Y aunque el camino sigue siendo duro y largo, ya no es un camino vacío.


