La autonomía es más que un dry wall, querida Ana


Por: Edward Torres Ruidiaz.
Economista Esp. en finanzas públicas y Mg en gestión y políticas públicas.
@edwardruidiaz
Querida Ana, sugerir, como lo haces en tu columna, que la sede presidencial en Barranquilla se circunscribe a un capricho del presidente De La Espriella, es tremenda injusticia con quienes desde el Caribe han liderado históricos y efectivos reclamos frente al centralismo cachaco, casi que una marca inserta en nuestro ADN, de lo cual incluso han quedado algunas vueltas que bastante gloria le han dado a este país al que nos tocó pertenecer.
Desde el imperio español fue permanente la rivalidad desde Bogotá, por ejemplo por el mayor presupuesto destinado por España a Cartagena, y narra Múnera que esa rivalidad escaló como una de las causas ignoradas de la posterior independencia, irónicamente determinante del exterminio de la clase dirigente Cartagenera que, posteriormente, facilitó los apetitos centralistas de Bogotá en la naciente República.
Ya en 1923, aún con las heridas abiertas de la separación de Panamá, de hecho muy relacionada con la discriminación andina al Caribe, desde la naciente Barranquilla se proclamó la “Liga Costeña” un reclamo de sus tres departamentos, nos dice Meisel, contra “el rezago económico y la discriminación contra la región Caribe en las inversiones, políticas públicas y nombramientos en los principales cargos nacionales y regionales”. En 1967 un grupo de jóvenes barranquilleros ondearon en pleno partido del Junior una pancarta de 40 metros que decía “Viva la República independiente del Caribe”. Y en los noventa académicos caribes como Fals Borda y Verano de la Rosa insertaron la regionalización en la constituyente, logrando manifestarla en las urnas el 14 de marzo de 2010 con más de 2.5 millones de votos y logrando que por ley la región Caribe seguramente será la primera de ellas.
Son apenas tres tips que muestran que el reclamo de autonomía del Caribe ha hecho una centenaria y juiciosa carrera a la política pública que hoy es, y que no es un invento de última hora.
En cambio, parecen más caprichosas las respectivas reacciones de Bogotá al reclamo del Caribe, desde el “debiesen sacarlos a puntapiés” con que reaccionó el presidente Carlos Lleras contra los jóvenes barranquilleros del Romelio en 1967, hasta el inconfundible sarcasmo rolo de tu columna, querida Ana, cuando limitas a una simple “fachada de dry wall” la sede presidencial instalada en Barranquilla.
Ese dry wall, querida Ana, recoge las camisas floreadas de Gabo que desafiaron el formalismo gris de aquella Bogotá, la memoria de Benkos Biohó borrada de los libros de historia de tu colegio, el agua quitada al ilógico modelo de desarrollo “hacia adentro” impuesto desde Bogotá que resignó al atraso a las ciudades costeras y mató al río Magdalena, las 224 páginas del “Fracaso de la Nación” de Múnera que tumban los mitos fundacionales de Caldas sobre la “sabiduría del páramo” y la “pereza y canibalismo del caribeño”, la tabla que antes de irse no tuvieron tiempo de cantarles los Panameños a los gobiernos andinos, el borrador de los grafitis de los baños Bogotanos que invitaban a matar un costeño para “hacer patria” o “la burra primera dama”, el grito de autonomía que aun pide mi Depresión Momposina, las canas de Verano de La Rosa en cada párrafo de la Ley de Regiones, el mapa tridimensional que demuestra que el país que inicia en la avenida Caracas no termina en La Caro, de hecho tampoco termina en Bocas de Ceniza.
El Caribe, querida Ana, es muchísimo más profundo que una fachada de dry wall.



