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Pabellones que se vuelven ciudad: cómo la arquitectura está transformando parques y espacios públicos en Valledupar

En la capital del Cesar la arquitectura no se está quedando en planos, maquetas o ejercicios de aula. Desde 2022, estudiantes del programa de Arquitectura de Areandina, sede Valledupar, han venido diseñando, construyendo y entregando pabellones que hoy hacen parte de parques y espacios públicos de la ciudad. La apuesta no solo acerca a los estudiantes a proyectos reales desde el primer semestre, sino que también abre una conversación útil sobre cómo intervenciones de pequeña y mediana escala pueden activar el encuentro ciudadano, reforzar la identidad local y darles nuevos usos a espacios que a veces pasan desapercibidos.

De acuerdo con la información entregada por el programa, entre 2022 y 2026 se han gestionado siete procesos de pabellones, con más de 14 propuestas temporales y permanentes ubicadas en sectores del noroccidente, suroccidente y centro de Valledupar. Allí aparecen proyectos como los pabellones temporales del Parque de la Familia, el Parque de la Provincia, el Parque de los Cortijos y el Parque de la Leyenda Vallenata; además de intervenciones permanentes como Ritmia, en el Parque Lineal del Río Guatapurí; Los Caminos de la Vida, en el Parque de los Algarrobillos; y Verde Sonante, en Parque Arizona.

Ese dato importa porque no se trata simplemente de ejercicios académicos que se exhiben unos días y luego desaparecen. Según Rubby Gnecco, directora del programa de Arquitectura de Areandina, sede Valledupar, estos pabellones se entienden como donaciones de los estudiantes a la ciudad y como proyectos reales de proyección social. “Lo valioso aquí es que el estudiante no diseña para una nota, sino para un lugar concreto, una comunidad real y una experiencia de uso que seguirá ocurriendo después de que termine el semestre”, explica.

Ahí está una de las claves más interesantes del proceso. El programa decidió que incluso los alumnos de primer semestre trabajen con retos reales bajo un modelo de aprendizaje experiencial, basado en problemas y desafíos del entorno. Eso significa que el estudiante no aprende la ciudad solo desde la teoría, sino enfrentándose desde temprano a decisiones sobre diseño, materiales, contexto, funcionalidad, impacto social y relación con la comunidad. En otras palabras, la formación arranca desde el territorio y no solamente desde el salón de clase.

La escogencia de los lugares tampoco es aleatoria. Los espacios se definen en articulación con la Alcaldía de Valledupar, teniendo en cuenta necesidades como activar el encuentro comunitario, crear áreas multifuncionales para actividades culturales y lograr una integración armónica con el entorno urbano y natural. Antes de diseñar, el ejercicio parte de una pregunta muy concreta: qué necesita ese parque o ese sector, y cómo una intervención arquitectónica puede aportar algo útil, visible y apropiable para la gente.

Diseñar para que la gente use, recuerde y se apropie

El impacto de estos pabellones no se mide solo por su apariencia. Lo importante es lo que pasa cuando la gente los habita. Según el programa, ya hay ejemplos claros de apropiación pedagógica, cultural, recreativa y comunitaria. Ritmia, por ejemplo, incorpora placas en braille para personas con limitaciones visuales y un xilófono con las siete notas, inspirado en el acordeón vallenato. Los Caminos de la Vida toma como referencia la obra de Omar Geles y la traduce en colorimetrías y estructuras inclinadas que invitan al tránsito, la contemplación y la interacción. Verde Sonante, por su parte, busca activar zonas lineales para el uso al aire libre y fortalecer el vínculo ciudadano con el paisaje.

“Cuando un proyecto logra que la gente no solo lo mire, sino que lo use, lo recorra, lo entienda y lo vuelva parte de su rutina, ahí la arquitectura empieza a cumplir una función social mucho más profunda”, señala Gnecco.

Otro aspecto importante está en los materiales y en la lógica de sostenibilidad. De acuerdo con la información compartida, los pabellones utilizan elementos modulares, materiales reciclados y estructuras adaptadas al contexto. Además, su mantenimiento no queda en el aire: se trabaja en articulación con la Alcaldía y otros grupos de interés para darles sostenibilidad a las intervenciones. Ese punto es clave, porque una obra entregada al espacio público no solo debe verse bien el día de la inauguración; también necesita condiciones para seguir siendo útil, segura y pertinente con el paso del tiempo.

La dimensión cultural también atraviesa varios de estos proyectos. En distintos casos, el diseño arquitectónico se conecta de manera directa con la música vallenata, la memoria colectiva, la identidad local y el paisaje urbano. “Aquí no se trata de poner un símbolo de manera decorativa, sino de traducir elementos de la cultura y del territorio en una experiencia espacial que tenga sentido para quien la habita”, agrega la directora.

Además, el alcance ciudadano ya es visible. Según el programa, más de 1.000 personas han visitado los pabellones durante las exposiciones de ArqExpo, y solo en los Festivales de la Leyenda Vallenata de 2024 y 2025 el flujo superó los 15.000 visitantes. Eso muestra que estas estructuras no se están quedando dentro de la lógica académica, sino que ya hacen parte de la experiencia urbana de Valledupar.

En la práctica, este proceso deja una lección útil para la ciudad: la arquitectura puede ser una herramienta de encuentro, memoria, inclusión y apropiación, incluso cuando parte de escalas pequeñas. Y también deja abierta una pregunta importante para el futuro: cuántos otros espacios públicos podrían fortalecerse si el diseño se pensara más desde la comunidad, el uso y la identidad, y menos desde la obra aislada.

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